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Full text of "Historia de un Amor Turbio"

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HISTORIA DE 
UN AMOR TURBIO 



Ministerio de Cultura 



BIBLIOTECA ARTIGAS 

Art. 14 de la Ley de 10 de agosto de 1950 

COMISION EDITORA 

Dra. Alba Roballo 
Ministro de Cultura 

Juan E, Pivel Devoto 

Director del Museo Histórico Nacional 

Dionisio Trillo Pays 

Director de la Biblioteca Nacional 

Juan C Gómez Alzóla 

Director del Archivo General de la Nación 



Colección pe Clásicos Uruguayos 

Vol. 126 
Horacio Quiroga 
HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 

Preparación del texto a cargo de 
Joa¿ Pedro Barran y Benjamín Nahum 



HORACIO OUIROGA 



HISTORIA DE UN 
AMOR TURBIO 

Prólogo de 
EMIR RODRIGUEZ MONEGAL 



MONTEVIDEO 
1968 



PROLOGO 



Es un lugar común de la crítica latinoamericana 
afirmar que Quiroga era un mal novelista. El mismo 
lo creía así y en una carta a su amigo Enrique Amo- 
rim (julio 26, 1933) dejó escrito: "En La carreta 
creo comprobar que Ud. como yo y otros tantos, nos 
desempeñamos más vigorosamente en el cuento que 
en la novela. No me parece valga su carreta menos 
que algunos de sus mejores relatos. Más ambiente apa- 
rente en aquélla, pero no real. Tal creo, amigo ; y como 
el golpe cae a la vez sobre mis propias espaldas, apre- 
ciará con ella elogio y reproche conjuntos/' Ante esta 
declaración del autor no es extraño que los críticos 
(incluido el que suscribe) hayan decidido que Qui- 
roga no tenía mayores condiciones de novelista. Sus 
dos intentos conocidos (Historia de un amor turbio, 
1908, Pasado amor, 1926) han sido calificados de 
fracasos por la mayor parte de la crítica. Sin ánimo 
de modificar sustancialmente el juicio, y con la pers- 
pectiva que ofrece un mejor conocimiento de la obra 
y de la realidad biográfica en la que se apoya, qui- 
siera reconsiderar hoy la primera de estas dos novelas. 
Quedará para otra ocasión el estudio de la segunda. 

EL PRETEXTO INICIAL 

En la época en que Quiroga preparaba Historia de 
un amor turbio, su vida íntima abundaba en enredos 
amorosos que por lo general solía comentar, con bas- 
tante detalle, en las cartas a su primo José María Fer- 



VII 



PROLOGO 



nández Saldaíía, La franqueza y hasta la crudeza de 
esas confidencias no era, sin embargo total. En una de 
las cartas (marzo 2, 1907) dice que se reserva algunas 
historias "que me dejaron el pelo blanco por dentro". 
Del vasto anecdotario que las cartas registran es po- 
sible destacar un amorío con una muchacha muy jo- 
ven que vivía en Lomas y cuya boca Quiroga no se 
cansa de ensalzar. Las intenciones del galán resultan 
muy obvias, por lo menos en las cartas. Pero la mu- 
chacha que parecía tan accesible al comienzo, en rea- 
lidad no lo era* Algo contrito Quiroga ha de escribir 
a su primo que "ha resultado de una honradez bur- 
guesa que sus toreadas primeras no permitían presen- 
tir" (enero 23, 1906), Otras cartas detallan episodios 
del moroso asedio: "La visito dos horas por semana, 
y en el resto de ella ni la veo siquiera. Todo esto esta- 
ría muy bien si en esas dos horas me dejaran libre 
con ella. Apenas un par de minutos — cuatro o seis 
besos como mucho — y de nuevo la maldita madre o 
hermana. La muchacha tiene una magnífica boca, ma- 
guer sus estúpidas ideas de recato". Un día la ruptura 
llega inevitablemente a suspender estas sesiones sado- 
masoquísticas de lo que entonces se entendía por no- 
viazgo» Quiroga se cansa de hacer el novio con tan 
poco resultado y comenta agresivamente en una carta: 
"Parece que al padre se le ocurría que yo debía ser 
más expresivo con él (aunque no lo veía nunca) y 
que también debía besar a un botija de dos años. La 
muchacha me lo dijo como consejo, aunque la lección 
era evidente. Fume un cigarro más y me fui. Le dije 
que me gustaba mucho besarla a ella, pero al chico, 
a menos que tuviera ganas, etc. No he vuelto y así ha 
quedado. Lástima de familia estúpida pues la mucha- 
cha tenía honda y cálida boca," (Mayo 17, 1908). Los 



VIII 



PROLOGO 



motivo» que aduce Quiroga son manifiestamente ab- 
surdos pero cabe sospechar que en la ruptura influ- 
yeron otros. Un novio tan sombrío y reticente, tan 
mayor para la chica (ya tenía 28 años), tan poco 
resuelto a formalizar las relaciones con un trato más 
cordial con ei resto de la familia, no era el candidato 
ideal de acuerdo con la óptica de la época. Lo más 
sorprendente de estos comentarios de Quiroga es la 
aparente ingenuidad que revelan: es como si se negara 
a reconocer las leyes, tan rígidas entonces, del juego 
del noviazgo. 

El epitafio de esta aventura burguesa aparece ca- 
sualmente comunicado en carta de. octubre 8, 1906: 
"De mujeres te contaré que la chica de Lomas, nunca 
más. Sus padres se opusieron rotundamente a todo 
amor, y la muchacha asintió. Lástima porque la don- 
cella era mona." Si he detallado este episodio trivial 
(típico del ambiente y de la época) es porque sirvió 
en parte para la novela que entonces escribía Quiroga. 
La frustración que representa esta aventura ingloriosa 
de Don Juan, reaparece como un elemento decisivo 
en Historia de un amor turbio. En la novela la mu- 
chacha protagonista también vive en Lomas con su 
madre y una hermana; también tiene con el narrador 
intensas sesiones de besos, cortadas por la brusca apa- 
rición de algún familiar. Como la joven real, la ficti- 
cia es muy hermosa y de boca cálida. Aquí terminan, 
sin embargo, las semejanzas. Quiroga ha eliminado al 
padre (lo que es significativo y llevaría a otro tipo 
de análisis) ; ha metamorf oseado al hermanito de dos 
años por medio de una doble tuerca narrativa que le 
permite presentar a la protagonista, en una etapa an- 
terior de la historia, como una niña de nueve años; 
también ha modificado profundamente el motivo de 



IX 



PROLOGO 



la ruptura, levantando la anécdota da la trivialidad 
burguesa hasta el plano del más profundo conflicto 
psicológico. En realidad, la muchacha de Lomas le ha 
servido apenas como punto de partida. Al transponer 
la experiencia de la realidad a la ficción, Quiroga ha 
enriquecido el pretexto anecdótico con temas que ya 
lo preocupaban desde la época en que escribe Los 
arrecifes de coral (1901). 

TRES TIEMPOS NARRATIVOS 

La diferencia mayor con el suceso real es que en 
la novela el protagonista tiene también una relación 
erótica con la hermana mayor. En realidad, la histo- 
ria aparece ahora ordenada en tres tiempos narrativos, 
muy nítidamente separados. En el más antiguo, Rohán 
es cortejante de Mercedes Elizalde, y Eglé (que será 
la protagonista) es sólo una niña de nueve años que 
el joven de veinte enamora sin advertirlo. En el se- 
gundo tiempo (el central de la novela) han transcu- 
rrido ocho años y Eglé tiene ahora dieciséis, la edad 
que tenía Mercedes cuando Rohán la cortejaba. A ella 
se dirige ahora el protagonista que ya tiene 28 años, 
como Quiroga cuando visitaba a la muchacha de Lo- 
mas. Hay un tercer tiempo que sirve de epílogo y 
que ocurre diez años después de la ruptura con Eglé. 
Este tiempo es el actual de la novela: es el tiempo en 
que se inicia la acción y que forma como un marco a 
los otros dos, evocados desde él por la memoria de 
Rohán. Después de haber cortado sus relaciones con 
Eglé, un día Rohán la visita para comprobar que es 
una mujer ya hecha (tiene ahora los 28 años que 
tenía Rohán cuando la cortejaba). El protagonista des- 
cubre entonces que es imposible revivir el amor. 



X 



PROLOGO 



Muchos elementos de la nueva anécdota narrativa 
derivan de cuento» ya escritos y publicados por Qui- 
roga la década anterior: w Venida del primogénito", 
"Corto poema de María Angélica", "Rea Silvia". La 
situación muy equívoca de Rohán que en el primer 
tiempo aparece como cortejante de Mercedes mientras 
conquista inconscientemente, a la niña Eglé, y que en 
el segundo tiempo es cortejante de Eglé aunque sigue 
acariciando y hasta besando a Mercedes, esta situación 
de hombre envuelto en el aura de erotismo colectivo 
de varias mujeres de una misma familia, aparece ya 
esbozada en las tres narraciones anteriores. De ahí 
el calificativo de turbio que aparece en el título de la 
novela: el amor es turbio por la simultaneidad del de» 
seo dirigido a distintas hermanas, hecho que agrava 
el carácter incestuoso y triangular de la situación; es 
turbio, además, porque revela una atracción irresisti- 
ble por niñas poseídas de precoces ardores ♦ 

El tema está ya en algunos de los antecedentes lite- 
rarios de Quiroga. Es posible reconocerlo muy clara- 
mente, por ejemplo, en Edgar Poe. La admiración de 
Quiroga por el poeta y narrador norteamericano es 
muy conocida y ha quedado registrada, por otra parte, 
en los temas, los títulos y los epígrafes de sus prime- 
ros relatos y ensayos. En su primer libro, Los arreci- 
fes de coral, aparece hasta una prosa que se titula 
"El barril del amontillado" y que es un homenaje a 
Poe; de esa prosa deriva uno de sus primeros cuen- 
tos importantes, "El crimen del otro 1 *. En Poe pudo 
encontrar Quiroga esas amantes virginales y adoles- 
centes (apenas nubiles, o ni siquiera nubiles) que el 
poeta codiciaba más como trasposiciones necrofílicas 
de la madre muerta que como mujeres verdaderas* 
Pero no sólo en Poe, también en Dostoyevski pudo 



XI 



PROLOGO 



descubrir Quiroga , ciertos estados perversos del deseo 
erótico» Es cierto que el ejemplo más notable, la "Con- 
fesión de Stavroguin" que pertenece a Los endemonia- 
dos, no pudo ser conocido por él entonces ya que ese 
capítulo fue suprimido de la edición original por te- 
mor a la censura zarista y sólo fue publicado por 
primera vez en 1927, Sin embargo, no parece necesa- 
rio insistir en el carácter "turbio" del erotismo de los 
personajes de Dostoyevski. Por eso, no me parece 
nada casual que el nombre de Eglé provenga precisa- 
mente de Los endemoniados, novela que en sus cartas 
de este período Quiroga recomienda con fervor de 
neófito a sus amigos. Aclaro que el narrador riopla- 
tense entonces leía a Dostoyevski en las traducciones 
francesas. Posteriormente, la huella del maestro ruso 
parece borrarse. No obstante, el nombre de Eglé ha- 
brá de seguir acompañándolo mucho después de esta 
época. Cuando nazca en 1911 su primera hija la lla- 
mará con ese nombre extraño. 

Sería erróneo, sin embargo, creer que sólo a través 
de la literatura llega Quiroga al tema de la fascina- 
ción que ejerce sobre algunos hombres la inocencia 
erótica de las niñas. Si el tema está vigente en la li- 
teratura occidental (desde Dante a Nabokov) es por- 
que toca alguna cuerda en ciertos seres. En el caso 
de Quiroga parece tratarse de algo más que de in- 
fluencias poéticas. En sus Recuerdos de la vida lite- 
raria (Buenos Aires, 1944) cuenta Manuel Gálvez una 
conversación que sostuvo con Quiroga precisamente 
en 1908: 

"Una vez cuando publicó la Historia de un amor 
turbio, le declaré que me había chocado la página en 
que el protagonista, y no por cariño fraternal, cierta- 
mente, sienta en las rodillas a su futura cuñada, una 
chica ya señorita. 

XII 



PROLOGO 



W — ¿Usted no lo haría? — me preguntó. 
i( Y como yo protestara que no, él dijo, sencilla* 
mente, sin cinismo o aspavientos: 
«_Yo sí." 

La anécdota de Gálvez revela en Quiroga esa brusca 
sinceridad, ligeramente teñida del deseo de asombrar, 
que siempre lo caracterizó* Por confidencias que reco- 
gen sus amigos y biógrafos (José María Delgado y 
Alberto J. Brignole) se hace más creíble el testimo- 
nio de Gálvez. 

Otras influencias literarias son menos fuertes en la 
novela. El propio Rohán cita en un pasaje un cuento 
de Kipling: la "Historia de los Gadsby", para subra- 
yar una coincidencia. Pero nada tienen de común los 
temas de ambas obras. Es sólo una referencia casual. 
Por eso, me parece que lo más interesante de Historia 
de un amor turbio no es lo que tiene de derivación o 
coincidencia con ilustres antecedentes, sino lo que 
tiene de exclusivamente quiroguiano. Es tal vez su es- 
fuerzo más logrado hasta esa fecha por explorar a 
fondo el problema del amor. Y a este aspecto de la 
novela hay que dedicar algún espacio. 

EL INSTINTO EROTICO 

La escisión básica de la mujer en doncella y hembra 
resulta expresada varias veces en el libro y a través 
do situaciones dramáticas muy expresivas. Primero es 
la rivalidad que se establece casi subconscientemente 
entre Mercedes (ya nubil, de dieciséis años) y Eglé, 
todavía niña pero muy apasionada. Rohán se deja 
querer por la niña. Un día se conmueve hasta pre- 
guntarle: 

Y cuando seas grande, ¿me querrás?" 



xm 



PROLOGO 



AI mismo tiempo, el protagonista se siente ridículo 
y desea volver al abrazo más maduro de Mercedes. 
Cuando pasan los años y la situación ha cambiado, 
surge sin embargo otra forma de la rivalidad, más 
turbia incluso: ahora es Eglé (dieciséis años) la que 
está en el papel de novia en tanto que Mercedes (de 
veinticuatro) tienta a Rohan con encantos mucho más 
maduros y accesibles. Lo que en la primera época 
resultaba sólo conflicto subconsciente, asoma ahora en 
los términos urgentes del deseo sexual que sabe des- 
pertar Mercedes con más vigor y crudeza que Eglé. 

Hay todavía una tercera instancia en que el con- 
flicto parece simplificares para estallar má9 honda- 
mente aún» Mientras Mercedes desaparece como rival, 
Eglé asumirá las dos caras opuestas de la imagen fe- 
menina: es una virgen y es también la hembra ten- 
tadora. Pero en vez de disolver la dicotomía por la 
posesión, Rohán se inventa un nuevo obstáculo: un 
rival. De ese modo, la situación triangular de las dos 
primeras épocas cambia aunque se mantiene. Cada 
una de esas etapas es como un círculo de la relación 
erótica infernal que va descendiendo Rohán. Primero 
todo aparece en clave (como pasa en "Rea Silvia"): 
luego esa clave se despeja y Rohán cree encarar úni- 
camente el conflicto entre el amor y el deseo (como 
en "Corto poema de María Angélica") : pero sólo en 
la última parte llega a enfrentar el verdadero conflicto 
subconsciente que esconde la máscara de los celos re- 
trospectivos. Eglé ha tenido un novio en el intervalo 
de su separación de Rohán y éste ahora empieza a ob- 
sesionarse con visiones de las libertades que sin duda 
alguna ese novio se ha tomado con ella. 

Aunque la novela llegue a la solución irónica (muy 
a la Maupassant) de descubrir diez añoa después que 

XIV 



PROLOGO 



los celos no tenían mayor fundamento, el conflicto no 
tiene solución. Rohán es incapaz de poseer realmente 
a, Eglé porque es incapaz de darse. Lo grave de esta 
historia de amor, y lo que justifica hondamente ese 
calificativo de turbio del titulo, es que siempre Rohán 
aborda el amor en términos neuróticos. Primero es la 
fascinación de la inocencia ardiente de la niña; luego 
es el toque incestuoso de la doble atracción que ejer- 
cen las hermanas; finalmente son las angustias edí- 
picas que crea la imagen del "otro". Lo curioso es 
que por este camino, inesperado al comienzo, la no- 
vela degenera también en un caso de delirio de per- 
secuciones. Rohán se convierte a sí mismo en acosado, 
en perseguido. 

Así se descubre el vínculo subterráneo que hay entre 
esta novela y el largo cuento, "Los perseguidos", que 
Quiroga había escrito en 1905, y recoge en volumen, 
junto con la novela, en 1908. Aunque las máscaras 
anécdo ticas de ambas historias sean tan distintas (el 
cuento presenta una relación sadomasoquística entre 
dos hombres), el tema profundo de ambos es el mis- 
mo. Más significativo aún me parece que en tanto 
que el cuento resulta logrado en su redondez narrativa 
y visionaria, la novela fracasa por motivos bastantes 
complejos. Hay una doble imposibilidad en el narra- 
dor que conviene examinar con cierto detalle. 

UNA PROFUNDA IDENTIFICACION 

Qüiroga es incapaz de ver a Rohán con alguna dis- 
tancia- Aunque el personaje no es estrictamente auto- 
biográfico, es evidente que del punto de vista emocio- 
nal el autor termina por identificarse con él. Ya se 
ha visto el episodio de la chica de Lomas, que es uno 



XV 



PROLOGO 



de log puntos de partida de la novela. Pero hay otros 
testimonios en su correspondencia con Fernández Sal- 
daña. En una carta de junio 26, 1905, comunica a su 
primo: "He trabajado en mi novela que no será tal 
sino cuento. Creo no estar maduro aún para ese alien- 
to. También Brignole, que debía ser el protagonista, 
ha desaparecido para dar lugar a un Rohán que tiene 
casi todo de mí en el cuerpo de Brignole. La cosa fue 
porque el cuento es a base de honda psicología de 
amor, y el amigo Amycus [nombre que daban a Brig- 
nole los primos] no siente esas sacudidas bastante li- 
terariamente. Sin embargo, Brignole prestará al cuento 
sus poses de Athos y su bella impasibilidad cuando 
sufre dispepsia," 

Precisamente por estar identificado en última y pro- 
funda instancia con Rohán, Quiroga no logra mostrar 
el mundo femenino de la novela desde otro punto de 
vista que el del personaje masculino. Como a Rohán, 
también al autor ese mundo le resulta simultáneamente 
tantalizador e incomprensible. Cuando intenta mostrar- 
lo desde dentro, fracasa. Hay un capítulo entero en 
la novela (el dieciséis) en que por primera y única vez 
se presenta a las mujeres en la intimidad de la casa 
y peleándose como chiquillas. Aquí no sólo altera 
Quiroga el punto de vista de la novela (que es una 
evocación de Rohán) sino que ese ocasional sacrificio 
a la unidad narrativa no le sirve de nada: tampoco 
consigue por este medio despejar la incógnita feme- 
nina. La conducta de las mujeres en ese capítulo fuera 
de serie sigue siendo tan impenetrable para el autor 
como lo es en los restantes para el protagonista» Autor 
y protagonista participan de la misma imposibilidad. 

A este defecto, tan obvio, cabe sumar otro mayor 
que también aparecerá en un cuento titulado defini- 



XVI 



PROLOGO 



tivamente "Una estación de amor". Así como en el 
cuento, en la novela el personaje central está visto des- 
de dentro pero no está intuido en sus verdaderos con- 
flictos y limitaciones. Al asumir el punto de vista de 
Rohán, Quiroga no consigue ver otra cosa que las que 
vería su personaje. Lo que dice en sus cartas sobre 
la muchacha real de Lomas permite comprender que 
Rohán y Quiroga padecían de la misma ceguera. Por 
eso es muy significativo que al definir la actitud ge- 
neral del protagonista ante la vida, use su autor una 
frase ("No buscaba vocaciones, comenzando ya a sen- 
tir oscuramente la suya, que debía ser más tarde una 
profunda y enfermiza sinceridad consigo mismo"), 
frase que de algún modo resulta eco de una confesión 
que aparece entonces en una de sus cartas (junio 25, 
1906) : "Me estoy llenando de tal culto por la verdad 
y la sinceridad conmigo mismo, que temo mucho vaya 
a fracasar en cuanto a utilidad se refiera." No es ca- 
sual que esa frase provenga de la misma carta en que 
cuenta al primo que se apoya en Brignole y en sí mis- 
mo para componer a Rohán. 

HACIA UNA DOBLE LECTURA 

La novela es, sin embargo, mejor de lo que se ha 
dicho habitualmente. Su defecto básico está en parte 
compensado si el lector practica una lectura atenta. 
A través de ella es posible advertir los verdaderos mó- 
viles, de la conducta de Rohán, móviles que son invi- 
sibles para éste. Porque también la novela recoge 
(como sin saberlo) esa otra historia. Tal vez Quiroga 
no advirtió que la había puesto allí, pero la honda 
vinculación del tema y del personaje con su situación 
existencial en aquella época le permitió expresarla de 

XVII 

2 



PROLOGO 



todos modos. Es claro que para verla hay que leer 
entre líneas. El tema atroz del doble (que es tema de 
tantos de sus cuentos, y sobre todo de "Loa persegui- 
dos") surge entonces con toda evidencia. Rohán no 
puede amar si su apetito erótico no es estimulado per- 
versamente. En cada uno de los tres tiempos de au 
"amor turbio". Rohán aparece escindido : primero entre 
un noviazgo normal, con Mercedes Elizalde, y la atrac- 
ción perversa que ejerce sobre él la hermanita menor; 
luego entre el noviazgo normal con Eglé, ahora cre- 
cida, y los encantos ya entrenados de Mercedes; y 
finalmente, entre el noviazgo fracasado con Eglé y la 
sombra (proyectada por los celos) del otro novio. El 
estímulo perverso cambia de rostro, como en los sue- 
ños, pero sigue siendo el mismo. En cada tiempo de 
su historia de amor Rohán cae o recae en una situa- 
ción triangular de ribetes perversos. Y también como 
en los sueños, la versión se hace progresivamente más 
clara. Lo que impide la consumación del noviazgo, la 
entrega y la posesión no es una circunstancia externa. 
Es algo dentro de Rohán: esa necesidad de otra pre- 
sencia, esa necesidad que termina adquiriendo la for- 
ma simple y perversa del "otro". 

Si el tema aparece en "Los perseguidos" en su for- 
ma más desnuda (como he tratado de demostrarlo en 
un artículo para la revista "Mundo Nuevo", de febrero 
1967), no menos claro resulta ahora aquí si se prac- 
tica una lectura en profundidad. Entonces todas las 
apariencias de una historia de amor burgués, que frus- 
tra el mal carácter del novio o el mismo ambiente en 
que viven las muchachas, adquiere súbitamente un sig- 
nificado muy distinto. La crítica social que está en la 
superficie de la novela y que parece derivar del pre- 
texto anecdótico, pasa naturalmente a segundo plano 



XVIII 



PROLOGO 



y lo que emerge es un estudio de relaciones franca- 
mente perversas. El cote dostoyevskiano de Quiroga 
(que no ha sido estudiado seriamente hasta ahora) se 
pone en evidencia. Las señales, ya indicadas en este 
estudio, de una lectura de Los endemoniados resultan 
más evidentes que nunca. Como los personajes del 
gran narrador ruso, también este Rohán es un obseso, 
un perseguido, un ser al que acecha la imagen del 
"otro": es decir: su propia imagen culpable* Cuando 
se advierte esto, se impone entonces una lectura de la 
novela en que los tres tiempos resultan uno solo, y 
la obsesión de Rohán se condensa en una imagen: 
frente al objeto amoroso (Mercedes, Eglé), el prota- 
gonista busca subconscientemente otro foco, ya sea 
real, ya sea imaginario, en que fijar también y al 
mismo tiempo su escindida personalidad. Rohán no 
puede concentrarse, no puede darse, no puede amar. 
Aunque no lo sea fisiológicamente, psíquicamente 
Rohán es un impotente. 

LA CRITICA COETANEA 

Es inútil buscar una lectura semejante en la crítica 
coetánea. Sus primeros críticos hablan de Quiroga 
como "un romántico en ía sobriedad elegante de su 
naturalismo". Para Lugones, su mentor y amigo, la 
obra es "una confirmación incontestable" de que Qui- 
roga es el "mejor prosista de la juventud americana". 
Pero lo que está realmente en la entraña del libro si- 
gue invisible durante muchos años, incluso para sus 
biógrafos que ya en 1939 vinculan Historia de un 
amor turbio con la influencia de Dostoyevski. La vincu- 
lación (conviene aclararlo) les había sido sugerida 
por el propio Quiroga. Pero aun así, ellos también, 



XIX 



PROLOGO 



como íntimos de Quiroga, como compañeros de buena 
parte de su aventura vital, estaban implicados en la 
misma visión identificadora que no les permitía tomar 
distancia. Por otra parte, en Rohán aparecían elemen- 
tos de uno de ellos, como ya se ha visto. 

Incluso el primo parece no entender la novela cuan- 
do se publica, y a pesar de que Quiroga le había ade- 
lantado algunas claves en sus cartas. Contestando a 
una de Fernández Saldaña, escribe Quiroga en no- 
viembre 11, 1908: "Acabo de recibir tu carta, com- 
pletamente extraña. — ¿Qué diablos de polémica quie- 
res que hagamos, entendiendo tan diferentemente las 
cosas? Con franqueza igual a la tuya, diréte que no te 
hubiera creído nunca tan alejado de la verdad — y 
no de la verdad suma más o menos difícil, sino de la 
elemental, del raciocinio infantil, del simple argumen- 
to. No es posible consideremos más el caso, por lo 
que paso a otras cosas." El tono es tal vez demasiado 
brusco. Lo que revela esa brusquedad ea el orgullo de 
Quiroga, herido por las previsibles objeciones del pri- 
mo. No está dispuesto a explicar más qué se había 
propuesto con la novela. Es muy típico de su carácter 
abrupto el negarse a discutir sobre lo que más le im- 
porta. Mucho más tarde llegará a escribir que no puede 
hablar de literatura con quienes no entienden. La ver- 
dad es que es incapaz de hablar de lo que sea si el 
interlocutor no se acerca en tono amistoso. La hostili- 
dad lo encierra aún más en su hirsuta máscara de sal- 
vaje que ya empezaba a formarse en aquella época. A 
partir de este momento, escasearán cada vez más las 
confidencias literarias en las cartas a su primo. La 
amistad continúa pero como su concepción de la lite- 
ratura está cambiando tan radicalmente, el diálogo con 
el primo e incluso con los amigos sáltenos, empieza a 



XX 



PROLOGO 



hacerse imposible. Sólo por excepción (como en una 
apasionada carta a José María Delgado al publicarse 
Cuentos de amor de locura y de muerte) volverá Qui- 
roga a hablar de su obra ante los amigos de su juven- 
tud, los compañeros de su primera aventura literaria 
del Modernismo. El había quemado esa etapa en tanto 
que ellos seguían aún atados. Quiroga ha descubierto 
que es más fácil buscar y encontrar gente con la que 
se puede hablar de las cosas que a uno le importan real- 
mente que tratar de convencer y hasta catequizar a 
quienes son insensibles* 

Lugones, sin embargo, sigue comprendiendo aunque 
tampoco pueda ver todas las implicaciones del tema: 
" Cu ando se hace novela así [escribe en un juicio muy 
laudatorio de 1908], con esa gallardía, con ese buen 
gusto intransigente, con ese dominio de los caracteres 
manejados, es porque se ha nacido novelista. Además, 
sírvame aquí la vinculación amistosa: hay en eso el 
carácter, que es prenda fundamental de todo verdadero 
artista. Lo acerado de su estilo, representa la fría acidez 
interna, la ironía seria de la honradez ante las bajezas 
de la vida y del oficio. Su conclusión característica, 
denuncia la calidad cortante; puesto que conciso quiere 
decir, estrictamente, tallado. Y sin querer, acabo de 
describir su estilo. El estilo definitivo a que ha llegado 
con sorprendente rapidez. Flor y fruto confunden en 
él la caricia flotante del perfume con el sabor firme de 
lo maduro. Todo lo que es superior descúbrese por estas 
simultaneidades, que concentran en una aptitud las 
fuerzas habitualmente consecutivas. Quien vive a un 
tiempo su otoño, y su primavera, realiza en una geór- 
gica dicha la paradoja homérica que inmortalizó los 
jardines de Alcinoo." 



XXI 



PROLOGO 



LA CRITICA SOCIAL 

Como señalaron en su tiempo loa biógrafos, nadie 
reconoció en 1908 la influencia de Dostoyevski, y fue 
necesario que el propio Quiroga la señalara en una carta 
de 1935. Pero la omisión de la época es explicable: 
pocos críticos rioplatenses conocían entonces bien la 
obra del novelista ruso. Es probable que la mayoría 
de los lectores hayan reaccionado como Gálvez, escan- 
dalizados por la audacia de ciertas situaciones de la 
novela. El libro era indudablemente subversivo en un 
medio que creía inmoral a Zola y apenas admitía a 
Maupassant. El desafío al medio social que represen- 
taba la novela de Quiroga está explícito en el título 
y en el tema mismo. Pero también queda muy a la 
vista en algunos pasajes de la novela. En el capítulo 
quince, por ejemplo, toda la náusea que despierta en 
Rohán la hipocresía burguesa, su tartufismo sexual, 
aparece expresada en los términos más duros y des- 
deñosos. En ese capítulo se reconoce al joven autor 
que había proclamado en sus comienzos la revolución 
sexual en la lejana ciudad natal de Salto, que había 
practicado (aunque moderadamente) los paraísos ar- 
tificiales en el Consistorio del Gay Saber, de Monte- 
video, que había sido y seguiría siendo siempre un 
anarquista de corazón. Su odio y su incomprensión a 
los valores burgueses del sexo, esa vocación inconte- 
nible de Don Juan que juega el juego del noviazgo 
para burlar esos mismos cañones que parece aceptar, 
ese lobo que disimula las uñas y los afilados dientes, 
aparecen a las claras en la violencia con que siente 
y se expresa Rohán en ese capítulo de la novela. 

Siempre se creyó Quiroga un ser fuera de serie, un 
perseguido, un fronterizo, como dirá más tarde en una 
magistral carta a Martínez Estrada. La novela que pu- 



XXII 



PROLOGO 



blica en 1908 es un guantazo mucho más insolente a 
la sociedad rioplatense que lo que había sido su pre- 
maturo libro, Los arrecifes de coral, siete años antes. 
Porque ahora Quiroga va más lejos, cala más hondo. 
Es también más sutil. El narrador ha dejado caer las 
más obvias exquisiteces del decadentismo algo fanta- 
sioso para explorar con ahinco algunos personajes 
típicos del mundo burgués porteño del novecientos. 
A través de Rohán, y también de los personajes de 
"Los perseguidos", Quiroga ha mostrado con una sú- 
bita, confusa iluminación, las raíces del mal. Mucho 
más tarde Roberto Arlt y Juan Carlos Onetti volve- 
rían sobre el mismo ambiente para recrearlo con el 
mayor rigor alucinatorio. 

Por su carácter explosivo resulta asimismo tanto 
más importante que el libro haya sido publicado con 
la mayor sobriedad tipográfica. En una carta en que 
discute la aparición de la novela fmayo 7, 1907) ya 
se vé el rumbo que ahora toma el esteticismo de Qui- 
roga: "Pienso también hacer edición amarilla, tipo 
francés común, y sin carátula, por lo tanto. Me he 
enfangado tanto antes en decadencias, bellos gestos y 
singularizaciones, que t^ngo horror a todo lo aue pue- 
da hacer creer en una de aquellas cosas." El libro 
será editado con tapas blancas v sin dibujo alguno, 
en un afán todavía más extremo de sobriedad. Quiroga 
ya no tenía que seguir asustando a sus lectores con 
mujeres ojerosas y amarillas, como la que aparece en 
la carátula de Los arrecifes de coral. La sustancia 
verdaderamente explosiva estaba adentro. 

Emir Rodríguez Monegal 

NOTA, — La biografía de Delgado y Brignole a que me 
refiero en el texto fue publicada en Montevideo, 1939 Las 
cartas a José María Fernández Saldaña están recogidas en el 
volumen II de Cartas inéditas, de Quiroga» publicado por el 
Instituto Nacional de Investigaciones y Archivos Literarios, 
de Montevideo, 1959. La carta a Enrique Amorim es inédita 
y se custodia en el Departamento de Investigaciones de la 
Biblioteca Nacional de Montevideo, 



XXIII 



HORACIO QUIROGÁ 



Nació en la ciudad de Salto el 31 de diciembre de 1878, 
hijo de Prudencio Quiroga y de Pastora Forteza Cursó estu- 
dios primarios en la escuela Hiram y secundarios en el Insti- 
tuto Politécnico de Salto» en la Universidad de Montevideo 
y en el Colegio Nacional de esta ciudad. 

Vuelve a Salto, colabora en "La Reforma", "La Revista 
Social" y "Gil Blas". Funda y dirige en 1899 "La Revista 
de Salto", En 1900 viaja a París. A su regreso a Montevideo 
funda "El Consistorio del Gay Saber" y obtiene el segundo 
premio en el Concurso promovido por el semanario "La Albo- 
rada", con el cuento Sin razón pero cansado. Publica Los 
arrecifes de coral (Mont., "El Siglo Ilustrado", 1901), En 1902 
accidentalmente mata a su amigo Federico Ferrando. Se ausen- 
ta a Buenos Aires donde se dedica a la enseñanza. Acompaña 
a Leopoldo Lugones a San Ignacio \ Misiones) en 1903. Escribe 
El crimen del otro (B. A., E. Spinelli, 1904). Va al Chaco a 
cultivar algodón, negocio que fracasa y regresa a Buenos 
Aires. Colabora en "Caris y Caretas", reingresa en el magis- 
terio, compra tierras en San Ignacio y da a conocer Historia 
de un amor turbio y Los perseguidos (B. A., Moen, 1908). 
Se casa con Ana María Cires en 1909. Es designado Juez de 
Paz y Oficial del Registro Civil en San Ignacio. Se dedica a 
diversas industrias y colabora además en vanas revistas. En 
1915 pierde a su esposa. Regresa a Buenos Aires y publica 
* Cuentos de amor, de locura y de muerte (B. A., Mercatali, 

1917) t al tiempo que es nombrado Secretario - contador del 
consulado uruguayo. Da a las prensas Cuentos de la selva 
(B, A., Mercatali, 1918), El salvaje (B. A, Mercatali, 1920) y 
Las sacrificadas (B. A., Agencia General de Librería y Pu- 
blicaciones, 1920). Edita Anaconda (B. A., Mercatali, 1921). 
Es designado Secretario de la Misión uruguaya al Brasil en 
1922. Da a publicidad El desierto <B. A., Babel, 1924) y 
Los desterrados (B. A., Babel, 1926). Se vuelve a casar con 
María Elena Bravo, colabora en "El Hogar" y otra* revistas 
y aparece Pasado amor <B. A., Babel, 1929). Consigue en 
1931 su traslado a San Ignacio» pero el 15 de abril de 1934 
se le declara cesante. Vive amargos momentos económicos, 
publica Más allá (Mont. -B. A, Porter, 1935) e inicia sus 
trámites jubdlatorios. El Ministerio de Relaciones Exteriores 
le nombra Cónsul Honorario en San Ignacio. Sintiéndose en- 
fermo viaja a Buenos Aires, se interna en el Hospital de 
Clínicas y convencido de que su mal es incurable, se suicida 
el 19 de febrero de 1937. 



XXIV 



CRITERIO DE LA EDICION 



Historia de un amor turbio fue publicada por primera vez, 
conjuntamente con Los perseguidos, en Buenos Aires, por 
Amoldo Moen y hermano, en 1908. Máa tarde, es reeditada por 
la Editorial Babel» Buenos Aires, 1923» con la indicación de 
"nueva edición corregida", presentando sustanciales modifica- 
ciones, que se repiten en las ediciones posteriores. 

La presente edición, reproduce el texto de la de 1923 eli- 
minando algunas obvias erratas, manteniendo su puntuación 
y actualizando en general su ortografía 



XXV 



HISTORIA DE 
UN AMOR TURBIO 



I 



Una mañana de abril, Luis Rohán se detuvo en Flo- 
rida y Bartolomé Mitre. La noche anterior había vuelto 
a Buenos Aires, después de año y medio de ausencia. 
Sentía así mayor el disgusto del aire maloliente, de 
la escoba matinal sacudiendo en las narices, del vaho 
pesadísimo de los sótanos de confitería. El bello día 
hacíale echar de menos su vida de allá. La mañana 
era admirable, con una de esas temperaturas de otoño 
que, sobrado frescas para una larga estación a la som- 
bra, piden el sol durante dos cuadras nada más. La 
angosta franja de cielo recuadrada en lo alto, evocá- 
bale la inmensidad de sus mañanas de campo, sus tem- 
pranas recorridas de monte, donde no se oían ruidos 
sino roces, en el aire húmedo y picante de hongos y 
troncos carcomidos. 

De pronto sintióse cogido del brazo. 

— ¡Hola, Rohán! ¿De dónde diablos sale? Hace 
más de ocho años que no lo veo . . . Ocho, no ; cuatro 
o cinco, qué sé yo. . . ¿De dónde sale? 

Quien le detenía era un muchacho de antes, asom- 
brosamente gordo y de frente estrechísima, al cual lo 
ligaba tanta amistad como la que tuviera con el car- 
tero; pero siendo el muchacho de carácter alegre, 
creíase obligado a apretarle el brazo, lleno de afectuosa 
sorpresa, 

—Del campo — repuso Rohán — . Hace cinco años 
que estoy allá.,, 

— ¿En la Pampa, no? No sé quién me dijo. . . 
— No, en San Luis. . . ¿Y usted? 



[31 



HORACIO QUIROGA 



— Bien. Es decir, regular» . . Cada vez más flaco 

— agregó riéndose, como se ríe un gordo que sabe 
bien que habla en broma de la flacura — . Pero usted, 

— prosiguió — cuénteme: ¿qué hace allá? ¿Una es- 
tancia, no? No sé quién me dijo.., ¡También! ¡Sólo 
a usted se le ocurre irse a vivir al campo I Usted fue 
siempre raro, es cierto ... ¿A qué usted mismo tra- 
baja? 

— A veces. 

— ¿Y sabe arar? 

— Un poco, 

— ¿Y usted mismo ara? 
— A veces. . . 

— ¡Qué notable!... ¿Y para qué? 

El muchacho obeso gozaba, muy contento, a pesar 
de la tortura del cuello que lo congestionaba, del pan- 
talón que bajo el chaleco lo ceñía hasta el pecho, aho- 
gándolo. Sentíase felicísimo con la ocasión de un hom- 
bre raro que no se ofendía de sus risas. 

— Sí, el otro día leí una cosa parecida... ¿Astor- 
ga, eh? ¿Tolstoi, eh? ¡Qué bueno !..♦ 

Y a pesar de todo era un buen muchacho quien le 
hablaba, lo que hacía pensar de nuevo a Rohán en la 
dosis de corrupción civilizadora que se necesita para 
convertir en ese imbécil escéptico a un honrado mu- 
chacho. 

Por ventura, Juárez había pasado a mejor tema, in- 
formando a Rohán en tres minutos de una infinidad 
de cosas que éste jamás hubiera soñado averiguar. 

Rohán lo oía como se oye sin querer, cuando uno 
está distraído, la charla lejana de los peones en la 
chacra. De pronto Juárez notó que la mirada de su 
amigo pasaba fija sobre él, y callándose miró a su 
vez. 



[4] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



Dos chicas de luto avanzaban por la vereda de en- 
frente. Caminaban con la firme armonía de paso que 
adquieren las hermanas, el cuerpo erguido y las ca- 
bezas serias y decididas. Pasaron sin mirar, la vista 
fija adelante. Rohán las siguió con los ojos. 

— Son las de Elizalde — dijo Juárez, bajando a la 
calle para estorbar menos y conversar mejor — • ¡Qué 
tiempo que no las veía! ¿Las conoce? 

. — Un poco. . . 

— No lo vieron. Son monas chicas, sobre todo la 
más alta. Es la menor. Viven en San Fernando . - . 
Están muy pobres. 

— Yo creía que tenían fortuna, . ♦ 

— Sí, en otro tiempo. El padre estaba bastante bien. 
Aunque con el tren que llevaban . . . Tenía hipotecado 
todo. Murió hace cerca de un año. 

Rohán no pudo menos de hacerlo notar: 

— Bien enterado. . . 

El muchacho obeso soltó una gran carcajada, echan* 
dose adelante de risa como una mujer. 

— ¡No tanto, no sea tan malo! — repuso — . ¡Hay 
que dejar de ser pobres, amigo Rohán! No todos te- 
nemos la suerte de heredar estancias* . . aunque ten- 
gamos que arar — añadió con otra carcajada, suje- 
tándose de las solapas de Rohán con cariñosa confianza. 

Se fijó así en el traje de éste. 

— No trabaja con esta ropa, ¿verdad? . . . ¿Por qué 
no viene de botas? 

Pero Rohán se había cansado ya del excelente ani- 
xnalito, y caminaba solo. 

Lo que Juárez ignoraba es que Rohán conocía ex- 
cesivamente a las de Elizalde. Tras una amistad de 
diez años con la casa, Eglé, la menor, había BÍdo su 
novia. La había querido inmensamente. Y allí estaban, 



[5] 



HORACIO QUIROGA 



sin embargo; ella paseando con su hermana su belleza 
de soltera, y él, soltero también, trabajando en el 
campo a doscientas leguas de Buenos Aires. ¡Eglé! . . . 
Repetíase el nombre en voz baja, con la facilidad de 
quien antes ha pronunciado mucho una palabra en 
distintos estados de ánimo. Pero, a pesar de que esas 
dos sílabas conocidísimas le evocaban distintamente 
las escenas de amor en que las pronunció con más 
deseo, constataba que de toda la vieja pasión no le 
quedaba sino el cariño al nombre, nada más. Y lo 
murmuraba, sintiendo únicamente al oírlo una dulzura 
oscura de palabra que antes expresó mucho, como los 
idiotas que con la vista fija repiten horas enteras: 
— mamá. . . 

— ¡Cuánto la he querido! — se decía, esforzándose 
en vano por conmoverse. Recordaba las circunstancias 
en que se había sentido más feliz ; se veía a sí mismo, 
la veía a ella, veía su boca, su expresión . „ ♦ Pero todo 
esto con excesiva prolijidad, esforzándose más en re- 
cordar la escena que sus sensaciones, como quien trata 
de fijarse bien en una cosa para contarla después a 
un amigo. 

Caminaba siempre, pensando en ella, cuando se le 
ocurrió de pronto ir a verla. 

¿Por qué no? Aunque después del rompimiento no 
había vuelto más a casa de Eglé, aquél había sido pro- 
vocado por causas tan particulares de ellos dos, que no 
halló inconveniencia en hacerlo. Sintió sobre todo viva 
curiosidad de ver qué emoción sería la suya cuando se 
miraran en plenos ojos,.. Y de nuevo evocaba la 
mirada de amor de Eglé, deteníala largo rato ante la 
suya, tratando inútilmente de revivir su dicha de aque- 
llos momentos. Sabía por Juárez que vivían en San 
Fernando; costaríale poco averiguar dónde. 



[6] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



Al día siguiente, a las tres, estaba en el Retiro. 
Ahora que se acercaba a ella, que iba a verla antes 
de una hora, sentíase emocionado. Anticipaba men- 
talmente su llegada, la sorpresa, las primeras palabras, 
la ambigua situación. . , Volvía en sí, y suspiraba hon- 
damente para recobrar su pleno equilibrio. Pero al 
rato recomenzaba el proceso — retrospectivo esta 
vez — ; y así, con los ojos fijos en la ventanilla, mien- 
tras las chacras, las quintas y las casetas del guarda- 
vía colocábanse sucesivamente bajo su visual, volvió 
al pasado. 

II 

Rohán conoció a la familia de Elizalde cuando te- 
nía veinte años. Acababa de suspender sus estudios de 
ingeniería, en el comienzo, verdad es, pero no por eso 
con menos disgusto de su padre, el cual desde el fon- 
do de la estancia mandóle decir tranquilamente que, 
puesto que quería ser libre, nada más justo que vi- 
viera por su cuenta y riesgo. Rohán, por su parte, ha- 
lló muy razonable la meditación paterna, y poco des- 
pués lograba instalarse en el Ministerio de Obras 
Públicas, en calidad de dibujante. Muy pobre, pero 
libre. Su padre entregóse, sobre esa curiosa libertad, 
a las constantes cavilaciones que provoca la falta de 
ambición de un hijo inteligente, en un padre igno- 
rante, trabajador y económico. Hubo al fin de con- 
densar el irresoluble problema en la fórmula más 
irresoluble aún: "Cómo de un padre como yo..." Y 
no se preocupó más de su hijo. 

Hizo bien, porque éste tampoco se preocupaba de 
sí mismo. Un año después conocía a Lola y Mercedes 
Elizalde, y la manifiesta simpatía de la familia llevá- 

[7] 

3 



HORACIO QUIROGA 



balo a frecuentar los días de recibo, y más tarde las 
comidas íntimas» 

Indudablemente, en la afable recepción de la madre 
influía, como un suspiro de posible felicidad, la for- 
tuna venidera de cierto joven amigo; pero aparte de 
este detalle íntimamente familiar, la dueña de casa 
estimaba bien a Rohán — a de Rohán, como decía 
Mercedes. 

Mercedes solía ir apresuradamente a su encuentro, 
recibiéndolo con una profunda reverencia de otros 
siglos, como convenía ante el vástago de tan noble 
alcurnia. Hablábale a veces en tercera persona, sin 
dirigirse a él. Tenía diecisiete años. Era muy bella, 
bastante delgada de cara. Sus ojos largos y sombríos 
daban a su semblante, cuando estaba distraída con 
malestar, una expresión de sufrimiento antiguo cuya 
fatiga dolorosa ha quedado en el rostro, expresión de 
una edad mucho mayor, y común en las muchachas 
inteligentes que se han desarrollado muy pronto. 

Sus nervios la mataban. Siendo criatura, había so- 
ñado que un pájaro le devoraba las manos a picota- 
zos. Nunca pudo recordar ese sueño sin revivir la 
vieja angustia y esconder las manos. Cuando tenía 
quince años adquirió la costumbre de acostarse ves- 
tida, después de comer. A la una se levantaba, la casa 
en silencio. Iba a la sala, paseaba aburrida, tocaba un 
momento el piano a la sordina, miraba uno a uno los 
cuadros, deteniéndose ante ellos largo rato como si 
nunca los hubiera visto ; y despuéB de una hora volvía 
más aburrida a la cama. 

Estando nerviosa, su tormento eran las manos; no 
sabía qué hacer con ellas. Rohán se reía al notarlo, 
y Mercedes le hacía horribles muecas que la indigna- 
ción de la madre jamás podía contener. Cuanto más 



[8] 



HISTORIA DE UN AMOH TURBIO 



se burlaba Rohán, más exageraba Mercedes, aunque 
sabía bien que se ponía colorada y en ridículo. 

En la segunda o tercera visita de Rohán, la señora 
habíale preguntado con afectuosa indiscreción si des- 
cendía de los duques de Rohán, de Francia. Rohán, 
que en ese instante se miraba las uñas de cerca, res- 
pondió: 

— No, señora; mi abuelo era zapatero — . Y levantó 
la vista, mirando tranquilamente a la señora. La fami- 
lia cruzó entre sí una rápida ojeada, aprestándose a 
defender altivamente la casta contra el agresivo su- 
jeto. Pero pronto hubieron de convencerse de que 
Rohán parecía tener sobrada discreción — tal vez un 
poco despreciativa — , para agredir de ese modo. 

Lola tenía veintidós años cuando Rohán la conoció. 
Era más bien gruesa, bastante miope, y tan blanca 
qiie sus brazos daban la impresión de estar siempre 
fríos. Era poco inteligente, pero con tal equilibrio 
mental, que no erraba casi nunca. Vestía muy bien, 
con innata noción del gusto. Esto escapaba a Merce- 
des, demasiado aguda en sus predilecciones, lo que la 
llenaba de fraternal envidia. 

Lola no era rápida de ingenio, ni le agradaba el 
flirteo espiritual en que su hermana amaba precipi- 
tarse. Lo cual no obstaba para que se sonriera al oírla, 
pero lo hacía plácidamente, como si suspirara cami- 
nando. 

Como había en ella toda la preocupación y cordura 
vigilante de una madre, tenía predilección por Egié, 
de nueve años, bien que representara menos. Cuidaba 
de ella con prolijidad de hermana mayor, soltera y 
sensata, que hacía reír a la madre. La criatura comía 
a su lado, buscando el apoyo de sus ojos cuando 
estaba indecisa. Lola era quien la arreglaba todas las 



[9] 



HORACIO QUIROGA 



mañanas para ir al colegio. Sentada en una silla baja, 
con la criatura de pie entre sus muslos, observaba sin 
fatigarse el distinto efecto de sus lazos, con la aten- 
ción estudiosa de las mujeres que observan de cerca 
un paño. 

Roban conoció apenas al padre. Rara vez lo ha- 
llaba, ni aún en la mesa. Era un hombre bajo y del- 
gado, de color cetrino y ademanes bruscos. Parecía 
simpatizar muy poco con Rohán, 

La madre tenía, bajo el aparente descuido de su 
bonachona negligencia de obesa, la naturaleza sensata, 
campesina y calculista de que salen las hijas histé- 
ricas. 

III 

Indudablemente, dado el modo de ser de Mercedes, 
era ésta, de las dos hermanas, aquella con quien Rohán 
se hallaba más a gusto. En efecto, Mercedes y Rohán 
se querían cordialmente. Ni uno ni otro se esforzaban 
en buscar más plausible motivo a su afecto. Alguna 
vez, sin embargo, llevaron la gracia un poco lejos. 

— ¿Qué respondería usted, señorita Mercedes, si yo 
le dijera un día que la quiero? 

— Y si el señor de Rohán estuviera seguro de que 
yo lo quiero, ¿qué me diría? 

Tras lo cual se echaban a reír„ como era conve- 
niente. Pero como fuera de estos momentos de excesi- 
va proximidad, Rohán no estaba absolutamente ena- 
morado de ella, las cosas quedaban ahí. La madre 
miraba a veces al muchacho sorprendida de su terque- 
dad. Si en verdad todos sabían que Rohán era única- 
mente amigo de ellos, bien podría él comprender por 
qué le habían abierto la casa con esa soltura* Rohán 



[10] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



lo comprendía muy bien; pero como contaba escasa- 
mente con su corazón, y nada con la fortuna a venir, 
hallaba muy satisfactoria esa equívoca situación* 

En cuanto a la pequeña Eglé, sus relaciones con ella 
se limitaban a muy poca cosa: medio minuto de con- 
versación, los miércoles de tarde, cuando la criatura 
volvía del colegio con la sirvienta. Rohán las encon- 
traba indefectiblemente en Piedras, entre Victoria y 
Alsina. El cruzaba la vereda y Eglé se detenía. Al 
principio, Rohán se contentaba con preguntarle cómo 
estaban en la casa y con enviar recuerdos. Una noche 
Mercedes lo fastidió dos horas con alusiones a ciertas 
citas que él tenía en la calle. Apenas al fin se había 
él dado cuenta de que se refería a sus encuentros con 
Eglé. El miércoles siguiente, al hallar a ésta, recordó 
la broma y habló gravemente a la criatura, en el pre- 
ciso sentido de que se encontraba profundamente dis- 
puesto a dar un beso a su novia, Eglé. Desde entonces 
fue decidido por Mercedes que Rohán besaría a Eglé 
siempre que la hallara en la calle, cual concernía a 
un conquistador. 

— Sus conquistas habituales son mejores; ¿verdad, 
Rohán? — preguntábale Mercedes con afectuosa lan- 
guidez. 

— A veces. 

— ¡Es usted tan buen mozo! 

— Lo cual me alegra, porque hemos decidido con 
Eglé que los besos que le doy no son para ella. . • 

— ¡Ah, no! ¡Si es por eso, puede evitarlos, amigo! 
— cortó Mercedes desdeñosamente. 

Poco después Rohán se olvidó de esto, y cuando en- 
contraba a Eglé seguía por su vereda, contentándose 
las más de las veces con enviar a la criatura cortada 
un grave saludo con el sombrero. 



[11] 



HORACIO QUIROGA 



IV 

En estas circunstancias Rohán recibió una carta de 
afuera. Su padre, cansado de la falta de aspiración 
de su hijo, decidíase a enviarlo a Europa por un par 
de años. "Creo que volverás más inútil aún; pero me 
quedará el consuelo de haber hecho lo posible por tí." 

El viaje parecióle bien a Rohán. Estaba harto de 
planos, lotes, colonias y tinta colorada. Además, hacía 
dos meses que comenzaba a preocuparle su estómago. 
Heredero, por parte de madre, de una notable dosis 
de neuropatías, había salvado hasta entonces su di- 
gestión. Verdad es que su misma tolerancia gástrica 
fuera excesiva, pues no hubo "bismark" ni caviar bas- 
tante especioso para sus trasnochadas. 

Tenía, como todos los muchachos, el temor de debi- 
litarse si no compensaba seis u ocho horas nocturnas 

— a veces de charla, únicamente — con terribles ali- 
mentos. Esa noche tenía pesadillas y se levantaba al 
día siguiente con la frente caliente y la boca amarga; 
pero muy satisfecho de haber repuesto las fuerzas per- 
didas. Luego había suspendido las cenas; mas el es- 
tómago, maltratado sobrado tiempo, continuaba mal. 

Acogió de este modo el viaje a Europa, por lo que 
se refiere a su digestión, como uno de los tantos extra- 
ordinarios remedios con que cavilan los dispépticos, 

— que nada les exigen por su parte. Esto no obstó 
para que la víspera de su viaje comiera en lo de Eli- 
zalde todo aquello que es capaz de ofrecer una dueña 
de casa a un huésped sano y distinguido, y con más 
solícita razón a uno delicado del estómago. 

— Un poquito de egto, Rohán; es muy liviano. 
— Presumo que no, señora. Gracias. 



[12] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



— ¡Pero un poquito, no mas! ¡No puede hacerle 
nada! 

— Me va a hacer mal, señora . . . 

— ¡No importa! Pruehe un poquito* 

Rohán comía, y los cariñosos ofrecimientos conti- 
nuaban, pues no hay en el mundo dueña de casa a 
la cual sea posible hacer comprender que uno es en- 
fermo del estómago, o que no es precisamente cortés 
exigir una pésima noche en homenaje a la comida 
que se nos da. Una señora que sirve su mesa no ha- 
llará jamás otro motivo al rechazo de un plato, que 
la timidez del huésped. Este tiene el fatal deber de 
halagar debidamente a la señora por el honor que le 
hace, y de aquí la espantable respuesta que acababa 
de dar la de EHzalde a Rohán: — No importa que le 
haga daño > . ♦ 

Rohán, fastidiado, comió sin resistir más, y dos ho- 
ras después tenía el ineludible puño cerrado en la boca 
del estómago. Su desgano aumentó, sin que el piano 
de Mercedes lo animara. Mercedes tocaba bien, sobre 
todo lo sentimentaL Era ése uno de los fenómenos que 
más habían preocupado a Rohán. Constábale que Mer- 
cedes no sentía la música — de Chopin, por ejemplo. 
Y, sin embargo, la interpretaba perfectamente. Rohán 
se preguntaba cómo podía de ese modo sentirla tan 
bien en homenaje a los hombres, sin que ella misma 
la sintiera; y concluía pensando que si en vez de ser 
conocido por melancólico, se tuviera por frivolo a 
Chopin, la joven tocaría de muy distinto modo. 

El nocturno concluyó. 

— ¿Qué hace ahí, Rohán? — se volvió la ejecutante. 
— Nada. 

—¿Nada? ¿De veras? 

— Nada. ¿Quiere que haga alguna cosa? 



[13] 



HORACIO QUTROGA 



— Sí, vayase al balcón. Está horrible esta noche. 
— ¿I^e duele el estómago, Rohán? — intervino la 
madre. 

— Un poco, señora. . • 

— No es nada. Yo a veces siento así . . . Pero de- 
bería cuidarse un poco más. ¡Usted es muy desarre- 
glado! 

A Rohán, que sentía aún el gorda dedo de la madre 
hundiéndole a la fuerza en la garganta su comida, le 
hizo rabiosa gracia el consejo. Sacó una silla al bal- 
cón y se sentó. 

Adentro, conversaron un rato y después de un mo- 
mentáneo silencio, se levantó la voz de Lola, mientras 
su hermana la acompañaba, al piano. La voz de Lola 
no era expresiva, y aún ajustaba medianamente. Pero 
como todo lo que ella hacía, sus melodías tenían para 
Rohán una legítima seducción: voz de muchacha 
honrada que no se esfuerza por teatralizar, y que por 
esto mismo está llena de encanto, 

V 

Entretanto, la pequeña Eglé había salido al balcón. 
Rohán, ganado por la belleza de la noche, atrajo la 
criatura a sí, y comenzó distraído a acariciarle 
el cabello. Poco a poco Eglé se fue aproximando a 
su amigo; y al rato, al bajar Rohán la mirada, vio los 
ojos azules de Eglé fijos en los suyos con una ex- 
presión de hondo examen, — o más bien que habiendo 
comenzado siendo examen, ahora no era sino una 
honda contemplación. 

La criatura, al verse observada, miró a otro lado. 
Rohán detuvo la mano que la acariciaba y Eglé se 
apretó más a él. 



[14] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



— ¿Se va? — le preguntó, 

—Sí, mañana — • respondió Rohán, jugando aho- 
ra con el cuello de Eglé. 

— ¿Se va? — repitió la pequeña al cabo de un 
momento, 

— Sí, mi novia, sí. . . — repuso al fin Rohán, un 
poco sorprendido. Notaba algo anormal en su pequeña 
amiga. La criatura volvió a mirarlo, pero apartó en 
seguida los ojos. Un momento después los alzó de 
nuevo, dilatados. 

— ¿Usted me quiere? — le preguntó Eglé con la 
voz tomada. 

— Te quiero mucho, Eglé. . . 

Ella lo miró hasta el fondo con desconfiada an- 
gustia. Luego agregó, mirando a otro lado, en un como 
doloroso convencimiento adquirido desde hacía largo 
tiempo: 

— Yo lo quiero mucho.. P 

Rohán la atrajo más a sí y la besó enternecido: 
—Eglé... 

— j Lo querré siempre!... — continuó Eglé, casi 
por llorar. Rodeó con su brazo el cuello de Rohán, y 
se mantuvo así estrechada a él. Rohán, mucho más 
conmovido de lo que hubiera creído, le preguntó en 
voz muy baja: 

— Y cuando seas grande, ¿me querrás? 

La criatura movió a uno y otro lado la cabeza, a 
modo de las mujeres ya formadas, cuando la pregunta 
lleva ya en sí su dolorosa respuesta: 

— ¡Sí, sí! . . . 

— ¿Y te casarás conmigo? 

Eglé no respondió; pero unió más su cara a la de 
él, estremecida. Sus ojos fijos, llenos de lágrimas, 
contaron a la luna muy alta esa insuperable dicha 



[15] 



HORACIO (JÜffiOGA 



que nunca, nunca había de llegar. No hablaba ya, 
abrazándole siempre y con su mejilla húmeda apre- 
tada a la de Rohán. 

Rohán no sabía qué hacer. ¿Qué decir a la peque- 
ña? Sentíase un poco en ridículo. Hasta que por fin 
la voz de Mercedes lo llamó adentro. Había concluido 
la música, y era imperdonable que un hombre bien 
educado, como había ciertas presunciones para creerlo 
en Rohán, hiciera tan mezquino caso de sus amigas 
que querían distraerlo. 

— No, oía todo. Muy bien, Lola. . . Lástima grande 
que cuando vuelva no la oiré más. 

— ¿Por qué? 

— Porque usted estará casada. 

— ¿Usted cree? — saltó Mercedes — « Con ese de 
ahora no; es demasiado informal para Lola. A mí 
me gustaría... ¿Me lo pasas, Lola? 

Rohán observó: 

— Si estuviera tan seguro de vivir cien años como 
de que la voy a hallar soltera, 

Mercedes entornó los ojos, y muy lentamente: 
— El señor Rohán me parece . . . 

-¿Qué? 

— ¡Oiga! — prorrumpió — . Esto va a decir usted: 
"De nieve están cubiertos mis cabellos , \ . . 

La madre sacudió los hombros ante el continuo dis- 
paratar y se fue adentro. 

< Lola, desde el sofá en que se oprimía los ojos, ya 
con sueño, continuó: 

"Un año ausente de tus ojos bellos. . . 

— ¿Cuáles? — preguntó Rohán. 

— ¡Bah! — repuso Mercedes, hamacándose con las 
manos entre las rodillas — : Mis ojos no, señor du- 
que. . , — Y lo miraba insistentemente, levantando los 



[16] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



ojos a él desde el "pouf", con una de esas sonrisitas 
irónicas que nos hacen pensar si no hemos perdido 
antes, mucho antes, alguna ocasión que ya no nos 
concederán. 

Por fin, seriamente, Rohán se despidió. Eglé estaba 
apoyada muy derecha de espaldas en la cola del piano. 
Rohán se inclinó y le levantó el mentón. 

— Adiós, Eglé. 

— Adiós, . „ 

— ¿Me quieres dar un beso? — le dijo con una 
segura sonrisa de hombre que sabe bien dominar la 
situación. 

Pero la criatura lo miró en los ojos tan desconso- 
ladamente, que Rohán se avergonzó de su sonrisa y 
, no la besó. 

VI 

El viaje de Rohán duró ocho años. Después de una 
larga temporada de idilios montmartrenses, — y en 
bohardillas, para más carácter, a ejemplo de todos 
los muchachos americanos que van muy jóvenes a 
París — , dedicóse a conocer bien la pintura. Frecuen- 
tó museos y talleres con la asiduidad exagerada de 
quien trata de convencerse de este modo de un amor 
que no siente mucho; leyó cuanto es posible leer so- 
bre arte, y al cabo de tres años de esta efervescencia 
de erudición, un libro cualquiera le hizo ver de otro 
modo las cosas, e ingresó en un taller de fotograbados, 
con el fin de hacerse honradamente útil. Lo primero 
que hizo fue comprar una blusa azul, y lo segundo pa- 
sear orgullosamente con ella. Siguió dos meses el 
aprendizaje. Aprendió cosas preciosas para un obrero, 
pero absolutamente superfluas para él. Compró una 



[17] 



HORACIO QUTROGA 



máquina completa de fotograbados para trabajar lue- 
go, aunque sabía muy bien que todo eso era en él 
una monstruosa farsa. Hasta que al fin, devorado de 
repugnancia ante sus diarios sofismas, abandonó todo. 

Su padre, bastante encantado de esa febril procura 
de vocación, común en los seres que no tienen fuerzas 
para seguir la que verdaderamente sienten, esperaba. 

Pero, entretanto, el estómago de su hijo, que había 
dejado a éste en paz esos largos años, volvía a digerir 
por su cuenta. Tras la dispepsia llegaron los estados 
neurasténicos, y con éstos la desesperante obsesión de 
sentirlos. Y los microbios, y el terror a la tuberculosis. 
Fueron tres años duros, sin hacer absolutamente nada 
— pensar no es tarea para un neurasténico — que 
Rohán digirió tan penosamente como su kéfir. 

VII 

Un día, sin embargo, saliendo de su casa, entró en 
una panadería y compró cinco céntimos de pan que 
comió hasta la ultima migaja. Hacía una semana que 
no tomaba sino tres tazas de "yoghourt" por día. Pero 
tras largas horas de cavilaciones al respecto, había 
contado éstas por fin en el siguiente razonamiento: 

Todo trastorno de un estómago lesionado cede a 
un régimen adecuado al carácter de esos trastornos: 
dieta, leche, bismuto, bicarbonato. Yo he ensayado 
todo y no he sentido el menor alivio. Si mi estómago 
estuviera verdaderamente enfermo, al cabo de un mes 
de severo régimen debería sentirme infaliblemente me- 
jor; poco, tal vez, pero mejor. Y he aquí que un sim- 
ple trago de agua me hace tanto daño como una comida 



[18] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



completa. Lo que es absurdamente ilógico. Luego, yo 
no tengo nada en el estómago. 

Tal acaeció. Salvo el malestar de la glotonería, nada 
sintió con su pan, y desde el día siguiente se encon- 
traba curado, y con la convicción de que nunca más 
dejaría a su estómago preocuparse. 

Sano ya, no volvió a pensar en erudiciones farsan* 
tes ni azules blusas de trabajo. Veía claro muchas co- 
sas por ia sencilla razón de haber pagado su tributo 
de zonceras y por tener sobre todo ocho años más. 
No buscaba más vocaciones, comenzando ya a sentir 
oscuramente la suya, que debía ser más adelante una 
profunda y enfermiza sinceridad consigo mismo. Pero 
tampoco se hallaba con ánimo para nada, y al cabo 
de este tiempo volvió. 

Durante su estada había sostenido con las de Eli* 
zalde poca correspondencia. Recibió de Mercedes cinco 
o seis cartas, que él contestó con gran retardo. En los 
primeros cuatro años envió una sola, pues quería rom* 
per con todos sus recuerdos de América para vivir 
más puramente las impresiones de París. Luego, la 
sinceridad naciente fue borrando poco a poco todo 
aquello que no era suyo, y en este estado escribió a 
Mercedes una larga carta llena de cariño, dándole 
cuenta de una infinidad de cosas nimias, prueba de 
que se sentía más bueno y más contento. Mercedes le 
respondió con igual extensión. Supo así que Lola se 
había casado, pero que en cambio ella, a pesar de 
"su belleza", corría gran riesgo de no hacerlo nunca. 
"Tengo ya veintiséis años y ¡usted está tan lejos! ¿Se 
compuso del todo de su estómago?", etc., etc. 



[19 1 



HORACIO QUIROGA 



VIII 

Ciertamente, una de las primeras visitas de Rohán 
al volver fue para las de Elizalde. Apenas lo entrevio 
Mercedes desde el comedor, gritó hacia adentro: 

— ¡Mamá, mamá! ¡Rohán está aquí! ¡El duque 
Rohán, mamá! 

Y se precipitó a su encuentro. 

— ¡Ya no podía más, amiga! — tendió las manos 
Rohán — . ¡Por fin la veo! 

— Y yo me moría. ¿No se encontró con papá? Se 
fue hace cuatro meses. ¿Cómo le fue?, cuénteme. 
¿Cómo le fue? 

— Divinamente. — Y tuvo que responder a las fe- 
briles preguntas de asombrosa incongruencia de la 
joven. 

La madre había llegado. De pronto Mercedes se in- 
terrumpió: 

—¿Y Eglé? ¿Eglé, mamá?... 

Eglé entraba ya, y Rohán se sorprendió de recono- 
cer perfectamente su rostro del cual no creía acor- 
darse más. Solamente, la belleza un poco angelical de 
la criatura se había humanizado, más hermosa ahora 
por más tangible, más deseable y por estar al lado 
nuestro. Se dieron la mano amistosamente. 

— ¡Cierto, si apenas se conocen! — observó Mer- 
cedes—. ¿Te acuerdas de Rohán, Eglé? 

— Me acuerdo — respondió Eglé sonriendo. Rohán 
se acordó también; pero la joven había apartado 
tranquilamente los ojos y miraba al patio. 

Después de dos horas Rohán se levantó para irse. 

—Se queda a comer, ¿verdad? — lo detuvo tumul- 
tuosamente Mercedes. La joven lo observaba desde 
hacía un momento. 



[20] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



— Le hallo la expresión cansada.., ¿Enfermo, no? 
Sí, ya sé que estuvo enfermo... Pero no es eso: fa- 
tigada, no cansada. . . ¿Por qué no, mamá? — levantó 
las cejas, al ver que su madre se encogía de hom- 
bros — . Puede estar fatigada, sin. . . ¿Qué edad tiene? 
— se volvió de golpe a Rohán. 

— Veintiocho años. 

— Vamos a ver, dígame cómo estoy yo. — Y se 
paró frente a él, con la manos cruzadas atrás — . 
¡Veamos! ¿Soy tan linda como antes? — agregó, ner- 
viosa ya por la proximidad y el examen. 

— Un poco más . . . 

— ¿Por qué un poco más? ¿Y por qué lo dice de 
ese modo? 

Pero como él se contentaba con sonreír, Mercedes 
le hizo de soslayo un mohín con los ojos entornados, 
levantando la nariz. 

Luego, en la mesa, la madre lo retuvo media hora, 
preguntándole una porción de cosas de Europa que 
ella sabía tan bien como él; y no obstante darse cuen- 
ta del desgano con que Rohán le respondía por eso 
mismo, persistía en su empeño. 

Al fin tuvo lástima de Rohán y lo dejó ir a la sala, 
con la majestuosa y protectora tolerancia que las ma- 
dres acuerdan a los hombres para que pasen a la sala 
donde están sus hijas. Mercedes tocaba el piano a 
vuelo tendido. 

— ¿Le dejó ya mamá? ¡Que horror! Sea bueno, 
siéntese aquí, cerquita de mi ¿Cómo le fue de amores? 

— Muy mal. Usted sabe bien . . . 

— ¡No, no, en serio! ¿Cómo le fue? 

—Mal. 

— ¿De veras? — le preguntó con cariño. 
— De veras. 



[21] 



HORACÍO QUIROGA 



La joven lo miró pensativa, 

— Es raro* . . 

—¿Por qué? 

— No sé, me parece. . . 

Rohán se rió, 

— No obstante, usted, amiga, nunca se enamoró de 
mí. 

— ¡Oh! Yo soy diferente... Eso es distinto. Fuera 
de que — agregó después de un instante — , a pesar 
de mis vestidos y de lo que el duque de Rohán me atri- 
buye amablemente, él tampoco se ha enamorado de mí. 

Se miraron sonriendo. 

— ¿Quién sabe? — rompió él. 

— ¿Quién sabe? — repitió ella — . ¿Qué más? — 
continuó, comenzando a turbarse. 

— ¿Cómo, qué más? 

— Sí, diga otra cosa. 

— ¡Pero no sé nada! 

— ¡Dígame cualquier cosa, pronto! — concluyó la 
joven, ya alterada. 

Era un crimen abusar de ella, y Rohán suspendió 
el juego, 

— ¡Esos nervios, amiga! 

— ¿Qué nervios? 

— Los suyos. 

— ¿Qué tienen mis nervios? 

Estaba lanzada de nuevo. Pero concluyó por enco- 
gerse desdeñosamente de hombros. 

— ¡Qué aburrido que está usted hoy, Rohán! ¡Eglél 
— se volvió a ésta que, de pie, delante' del piano, re- 
cordaba un vals con un dedo — . Siéntate aquí. Ahora 
Rohán nos va a contar una cosa nueva. 

Eglé se sentó, y las dos hermanas, atentas, espera- 
ron. 



[22] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



El las miró sorprendido; pasó un momento, y la ai- 
tuación se hizo tan francamente ridicula, que se echa- 
ron a reir, levantándose. 

IX 

Rohán continuó visitando con frecuencia a las de 
Elizalde. A pesar de los años transcurridos, el carác- 
ter especial de su amistad con Mercedes no cambió, 
aunque tal vez ahora las constantes provocaciones de 
la joven habían cobrado una forma más lánguida, 
más retorcida, más segura, en que se sentía ahora a 
la mujer formada. 

Así, en una de estas ocasiones, Mercedes se obstinó 
en que Rohán le contara algún amor suyo. Cansado 
ya de rehusarse, aquél empezó de golpe: 

— Había una vez una madre que tenía dos hijas, 
con la mayor de las cuales. „ ♦ 

Mercedes escuchaba, inmovilizada en una de esas 
profundas atenciones que hacen sospechar en seguida 
que se está pensando en otra cosa. Muy pronto lo in- 
terrumpió: 

— ¿La quiso mucho? 

— Mucho. 

La joven quedó callada y satisfecha. 
— Dígame — añadió — , ¿usted cree que a mí me 
hubiera podido querer así? 
— Creo que no. 
— ¿Por qué? 

— Porque usted no me hubiera querido como ella, 
primero ; después . . . 

Mercedes se echó a reir. 

— ¡ Imposible I Dice muy bien. Hubiera sido pre- 
ciso. . . ¿verdad? Sí, sin duda. . . ¿Y si yo lo hu- 

[23] 

4 



HORACIO QUIROGA 



Mera querido? — le preguntó con los ojos y la son- 
risa entera mareados. 

Rohán acercó a ella el taburete hasta tocarle las 
rodillas. 

— Veamos — dijo — . Adivine lo que tengo ganas 
de hacer en este momento. 
— Diga. 
— Suponga. 
— ¡No, diga! 
— ¡No, suponga! 

Se sonrieron un largo momento, mirándose ; y Rohán 
pudo seguir línea por línea el cambio del semblante 
de la joven, que con los ojos siempre entornados se 
iba poniendo gradualmente seria, como cuando ya 
comienza la emoción. 

Seguramente Rohán no era más el muchacho de an- 
tes, y la joven sentía que ahora no dominaba ella la 
situación. Sin embargo y con todo, se atrevió. 

— ¿ . . .un beso?. . . 

Rohán sintió el fustazo de la provocación, y los de- 
dos se le crisparon. Resopló profundamente y optó por 
levantarse, poniendo, al hacerlo, una mano en las ro- 
dillas de la joven. 

Mercedes siguió con los ojos su paseo, y al rato in- 
sistió aún, arrastrando la sílaba: 

—...sí? 

— ¡Pero es idiota lo que está haciendo! — se vol- 
vió bruscamente Rohán a ella con la voz dura — . 
Usted bien sabe que no quiero, ¿verdad? ¿A qué esas 
zonceras? Y sobre todo, terrible amiga, le juro que 
no estoy absolutamente enamorado de usted. 

Mercedes lo miraba siempre, pero evidentemente sin 
estar ya en la situación, con esa peculiaridad feme- 
nina de apartarse de la emoción del momento, por 



[24] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



honda que sea, para imaginar las posibles consecuen- 
cias de un cambio de situación: si ella hubiera res- 
pondido otra cosa, si él la hubiera besado, etc, etc 

Pero Eglé llegaba felizmente, y todo pasó. Cuando 
Rohán se fue, Mercedes le tendió sus manos en el 
vestíbulo, muy tranquila y alegre. 

— ¿Hasta mañana, no? Es decir, hasta el lunes, 
¿Pero por qué no viene mañana? No lo comeremos. . . 
¿Usted me hace el amor, Rohán? 

— De ninguna manera. En cambio, es muy posible 
lo contrario. 

La joven lo miró un instante asombrada. Llevóse 
las manos a las faldas y le hizo una profunda reve- 
rencia, tarareando: 

— Matantiru-liru-liru, . - 

— Adiós — se rió Rohán, Pero como ella se man- 
tenía humildísima, él le hizo a su vez una grave re- 
verencia* 

X 

Su amistad con Eglé, en cambio, era bastante fría. 
Trató de serle agradable por vanidad, al principio, 
luego sinceramente, al encarnar en la espléndida mu- 
jer de ahora a la criatura que le había llorado su amor 
hacía ocho años. Aunque estaba seguro de que todo lo 
anterior fuera una enfermiza ternura de la pequeña 
porque su grande amigo se iba a ir muy lejos, la in- 
diferencia de ahora — tan justa, sin embargo — le 
parecía excesiva. 

Una noche, observándola en silencio, deploró hasta 
el fondo del alma no volver a ocho años atrás. La 
veía de perfil, apoyada de brazos sobre la cola del 
piano, el busto fuertemente coloreado por la pantalla 



[25] 



HORACIO QUIROGA 



punzó. Hojeaba las músicas, completamente entregada 
a sus ojos, en su serena y firme soledad de cuerpo de- 
seable que tiene la perfecta seguridad de que no lo 
podemos tocar. 

— Usted ha cambiado mucho, Eglé — rompió él 
después de un largo silencio. 

— ¡Yo! — se volvió la joven, sorprendida. 

— Sí, usted; usted era más alegre antes... Verdad 
es que hablo de muchos años atrás. 

— Es posible... Pero ahora soy tan alegre como 
antes — añadió con una sonrisa. 

Rohán no insistió, y callaron. En el fondo, él no 
quería hablar; pero se sentía a su pesar arrastrado 
a hacerlo. 

— Lo que noto — agregó al rato — es que usted 
era más expansiva. 

Eglé se puso seria, sin responder. 

— Por lo menos me quería más — concluyó Rohán, 
que aunque se esforzaba en ser natural, sentía él mis- 
mo su voz tomada. 

Esta vez la joven volvió la cara a él, levantando las 
cejas de extrañeza, 

—¿Más?... 

— Me parece que sí — sonrió él con esfuerzo. 

— Aun creo que recuerdo la fecha. , . 

Eglé hizo un ligero gesto de desagrado y dejó el 
piano, sentándose. Hubo un largo silencio. 

— ¿Cómo se acuerda de eso? - — preguntó la joven 
al rato. 

— No sé ; me he acordado. Pero le ruego — agregó 
él fastidiado por el disgusto frío de los ojos de Eglé, 
y, sobre todo, por su fracaso — que no vea más allá 
de lo que he dicho. Me acordé no sé por qué, un re- 
cuerdo, ] qué sé yo ! Supongo que no creerá que hablé 



[26] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



de eso como un reproche. . . ¡Lo que lamento — con- 
cluyó alterado — es haberme acordado estúpidamente 
de eso! 

Se había levantado, paseándose con las manos en 
los bolsillos. Pero I09 dedos le cosquilleaban dema- 
siado para tenerlos inmóviles. Cada vez que pasaba 
frente a la vitrina, se detenía un momento, hacía girar 
dos o tres chucherías, para recomenzar a la vuelta si- 
guiente con los mismos muñecos. 

— ¡Usted no creerá que lo odio! — rompió de 
pronto Eglé con una sonrisa forzada. 

— ¡No, no es eso; bien lo sabe! 

En ese momento Mercedes entró de la calle. 

— ¡Rohán, lo que he visto! ¿Y mamá? ¡Pronto, el 
té! ¡Me muero de hambre; de hambre, Rohán! 

Voló adentro, volvió sin sombrero y se sentó frente 
a su amigo. 

— Rohán... mi amigo Rohán... Verá — le dijo 
tocándole apenas la mano — . ¿Sabe a quién vi hoy? 
A Olmos, el gordísimo Olmos. ¿Por qué no viene un 
día con él? 

Pero se interrumpió, observando a Rohán con aten- 
ción. 

— ¿Qué tiene usted hoy? — le dijo. 

Rohán se encogió ligeramente de hombros. 

— ¿Qué tiene? — prosiguió la joven — . ¡Qué ho- 
rror, dígame algo! ¿Lola se encontró esta mañana 
con usted? Yo lo quiero mucho, Rohán. . . 

Pero éste estaba lleno de rabia con toda la casa, no 
hablaba una palabra, de modo que Mercedes tuvo que 
declarar, apretándose la cabeza, que su amigo estaba 
completamente imposible. 

Rohán se fue casi en seguida y Eglé, más próxima 
a él, lo acompañó hasta el vestíbulo. Al despedirse, 
Eglé lo miró. 



[27] 



HORACIO QUIROGA 



— ¿Está enojado? — le dijo. 

— ¡Absolutamente! — repuso Rohán — . Pero le 
juro que jamás volveré a acordarme de nada. 

Se fue, rabioso ahora consigo mismo por su res- 
puesta que lo alejaba para siempre de Eglé — . Soy un 
imbécil, — se decía. 

Lloviznaba, y la garúa desmenuzada que irisaba su 
traje iba oscureciendo poco a poco el asfalto. 

Caminó sin fijarse por dónde, y al llegar a la es- 
quina de su casa se detuvo un momento; pero se de- 
cidió a continuar, vagando. No tenía 9ueño, y sí de- 
masiado mal humor para acostarse a reconstruir esce- 
nas de tormento. Por fin, a las dos, entró en su casa, 
y con el portado que dio pareció haber hallado un 
escape al hondo disgusto de sí mismo. 

— ¡Mejor! ¡Así se acabó todo! 

Eglé. . . 

XI 

Rohán pasó una semana sin ir a lo de Elizalde. Lo 
que continuaba mortificándolo no era tanto la frial- 
dad de Eglé como lo que él llamaba su torpeza de 
hombre de veintiocho años. "Me he entregado en diez 
minutos; ni siquiera he podido sostener la voz." Fue* 
ron siete días de vanidad herida; y en el fondo, sin 
que él se diera cuenta, de creciente amor a Eglé. 
A todo lo cual se agregó su estómago. 

Rohán había adquirido, tras su extraordinaria cura 
en Europa, la convicción de que nunca más su estó- 
mago volvería a inquietarlo porque él no quería. 
Cuando de repente constató, casi con más fastidio 
por el fracaso de su razonamiento que por su malestar 
mismo, que, a pesar de todo, las cosas retornaban. 



[28] 



i 

HISTORIA DE TIN AMOR TURBIO 



Comenzó a despertarse con dolor en la cintura y 
el cuerpo molido, no obstante un sueño masivo de 
nueve horas. El apetito, imposible. Sin embargo, no 
quiso rendirse. Penetrábase con toda clara voluntad, 
de su aforismo de antes: "No tengo absolutamente 
nada en el estómago," No quería caer en la antigua 
tortura del estudio incisivo de cada síntoma. Su estó- 
mago, no enfermo, debía entrar en seguida en la nor- 
ma que le imponía su claro diagnóstico* 

Pero no hubo psicologías posibles. A los diez días 
una nueva crisis, si bien pasajera, reinstalábase con 
su angustioso séquito, y Rohán se resignó humana- 
mente a sufrirla. Pidió licencia de un mes en el mi- 
nisterio, donde había vuelto a ingresar, esta vez como 
subjefe de división. 

Después de dos semanas de decaimiento, náuseaa y 
chuchos, no quiso dejar pasar más tiempo sin ir a lo 
de Elizalde. Recibiéronle con un mar de reproches por 
su ingratitud. 

— ¡Cómo ha cambiado en pocos días! — decíale la 
madre — . ¿Su estómago, otra vez? Es horrible, yo sé. 
¡Lo único, lo único es un régimen! 

— ¿No le hace mal el cigarro? — le preguntó Eglé» 

Rohán volvió los ojos a ella y se asombró de la 
naturalidad con que Eglé lo miraba, 

— No, muy poco . . . 

— ¿Por qué no se va, Rohán? — exclamó brusca- 
mente Mercedes, que se había mantenido alejada en 
la sombra, 

— ¡Mercedes! — exclamó la madre severamente. 
— ¿Qué, mamá? — contestó tranquila la joven, 
afrontándola. Y de nuevo, más cortante aún: 
— ¿Por qué no se va« Rohán? 



r 29 J 



HORACIO QUIROGA 



La madre, suspiró levantándose pesadamente del 
sofá. 

— El día que usted le haga caso a esta chica — ex- 
plicó a Rohán — está perdido, Y al pasar al lado 
de su hija extendió la mano para calmar esa cabeza 
loca; pero la joven apartó la cara, como si temiera 
ser quemada. Eglé siguió a su madre. Pasado un mo- 
mento, Rohán fue a sentarse al lado de Mercedes. 

— ¿Por qué quiere que me vaya? — le preguntó. 
La joven, sombría, lo miraba con los ojos entrecerra- 
dos. 

— ¡Vayase! 

— De ningún modo, si no me dice por qué. 
— ¡Vayase! 

Rohán la miró detenidamente. 
— Cuidado — le dijo en voz baja — porque va a 
lloran 

Mercedes se encogió de hombros. Luego agregó des- 
deñosamente: 

— Porque lo quiero demasiado, ¿verdad? 

Y casi sin transición, volviéndose a Rohán, de 
frente: 

— ¡Veamos!, sea franco. 

— Veamos — asintió él, acercándose más. 

— ¿Usted es franco? 

— Franco. 

— ¿No va a mentir? 
— No voy a mentir. 

Mercedes lo miró hasta el fondo sin que ni uno ni 
otro perdieran su gravedad. 

— ¿Usted cree que lo quiero? — dijo ella por fin. 

Rohán le contestó seriamente: 

—No. 

—¿Verdad? 



[30] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



—Verdad. 

La joven lo observaba sin verlo, como en la vez an- 
terior, pensando en lo que habría sucedido si él hu- 
biese respondido. . . 

Rohán acababa de ponerse de pie, cuando Mercedes 
le tendió las manos. 

— Levánteme — le dijo. 

Rohán notó claro el cambio de su voz. Prestó oído: 
Eglé tocaba el piano en la sala. La levantó entonces, 
y aprovechando el mismo impulso, cruzó sus manos 
detrás de la cintura de la joven y la besó en la boca. 
Ella lo rechazó bruscamente, Rohán se compuso ma- 
quinalmente la corbata y entró en la sala. 

Cuando después de media hora Mercedes fue a su 
vez a la sala, la madre defendía a Europa de Rohán, 
que mostraba una agresión extremada, si bien rién- 
dose. 

— ¡Pero vamos a ver! — objetaba la madre — . 
¿Por qué dice eso? Usted ha estado ocho años, es 
inteligente, sabe francés... Sí, sí, no te rías, Eglé; 
podría haber vivido mucho allá y no saberlo, verdad? 
¿Y por qué no le gusta? ¡Qué hombre! 

— Sí, me gusta . . . 

— ¡Pero hace un momento decía lo contrario! 

— -No, señora; me refería a las mujeres. 

— ¡Salga! ¡Si usted mismo no cree lo que está di- 
ciendo ! 

— Le juro que sí. 

— ¡Sobre todo lo que decía hoy! 

—Eso más que nada. Figúrese que una vez. . , 

Aunque un poco espantada, se reía de los dispara- 
tes de Rohán. En un instante de silencio, Mercedes 
levantó la voz: 

— Rohán, que ea tan inteligente, debe saberlo. 



tSl] 



HORACIO QTJIROGA 



El sarcasmo de la voz fue tan visible que todos se 
volvieron a ella. 

— ¿Otra vez, mi hija? — prorrumpió la madre sor- 
prendida. La joven, sin dignarse responderle, no apar- 
taba los ojos de Rohán. 

— Se supone todo lo contrario, ¿no? — sonrióse 
éste, inseguro, 

— ¿Y cómo quiere que se lo diga? — clamó Mer- 
cedes con rabia. 

Rohán se encontró violento, a pesar de su confianza 
con la familia. 

— ¿Qué le ha hecho? — le preguntó inquieta la 
madre. 

— Nada, absolutamente nada... — respondió él, 
temiendo horriblemente en su interior una escapada 
de nervios de su amiga. Y como ésta no apartaba de 
él sus ojos de sombrío combate, apresuróse a reanu- 
dar la discusión. 

Al conciliado final de ella, Rohán se volvió a Eglé, 
que había tenido los ojos fijos en él mientras hablaba. 

— Y a usted, ¿le gusta Europa? 

— ¡Sí, mucho! — le contestó ella sonriendo. 

Tras sus ataques paradójicos — pero ataques siem- 
pre — Rohán había temido que Eglé quisiera hala- 
garlo, poniéndose servilmente de su parte. Sintióse or- 
gulloso de ella. 

— ¡Ah! nos olvidábamos de decirle — detuvo la 
madre a Rohán, al despedirse — . El martes nos vamos 
a la quinta. Hace mucho calor aquí, y mi corazón . . . 
¿Irá pronto a vernos? ¿Sigue un régimen, no? Cuí- 
dese mucho ; yo sé lo que es el estómago. Lola, el pri- 
mer año de casada, sufrió también horriblemente. 
Ahora lo hallo mucho mejor — concluyó observán- 
dolo. 



[32] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



— Sí, señora, de noche; pero mañana recomienza 
la fiesta. En fin, hasta pronto* 

Mercedes se había acostado ya, de pésimo humor. 
Eglé lo acompañó otra vez. 

— ¿Irá pronto? — le dijo al darle la mano. 

Rohán la miró y vio sus ojos azules turbados, a 
pesar de la tranquilidad de la voz- Los párpados le 
temblaban imperceptiblemente. El detuvo la mano en 
la suya. 

— ¿De veras? — le dijo en voz baja. 
Eglé la desprendió con una sonrisa. 
— De veras. 

Rohán salió caminando apresuradamente, loco de 
contento. No veía otra cosa que su último momento 
con Eglé, su Eglé, su pequeña Eglé, desahogando su 
bullente felicidad en acelerada marcha y apretones de 
puño dentro de los bolsillos hasta reírse él mismo de 
su entusiasmo. 

XII 

Al día siguiente, ya a las dos, estaba en lo de Eli- 
zalde. Pero no pudo ver ni a Mercedes ni a Eglé, pues 
ambas habían ido después de almorzar a la quinta 
a arreglar un poco aquello. Tuvo así que resignarse 
a perder un cuarto de hora con la madre. 

— ¡Qué horror, Rohán! ¡Tiene un semblante atro*! 
¿Pasó mala noche, no? ¿Pero es posible que tenga 
frío con este día? — ■ añadió fijándose en el sobretodo 
de aquél — . ¡Bájese el cuello, por lo menos! — con- 
cluyó riendo. 

Pero Rohán tenía demasiada experiencia de sus 
fríos para condescender con la maternal solicitud; ni 



[33] 



HORACIO QUtROGA 



aún sacó la muño de los bolsillos. Tuvo que irse, fas- 
tidiado de su fracaso. 

Pasaron luego ocho días malos, Al fin, repuesto, 
fue a Constitución, y veinticinco minutos de viaje pa- 
reciéronle abrumadoramente largos. Dos o tres veces 
miró inquieto el sol, temiendo llegar demasiado tarde. 
Quería verla en plena luz, ver bien sus ojos, con el 
ligero fruncimiento de cejas que le era habitual cuan- 
do miraba con atento cariño. Llegó a Lomas, transpuso 
el puente sin apresurarse — ahora que iba a verla — , 
como si se debiera ese sacrificio de amor» Desde la 
primer curva de la avenida Meeks distinguió el blanco 
grupo en la vereda — la madre y Eglé sentadas en 
el banco de piedra, Mercedes recostada con las manos 
a la espalda en un paraíso. Al cruzar la calle lo co- 
nocieron. Mercedes avanzó a su encuentro afectando 
no verlo, para evitar la ridicula y cariñosa situación 
de dos amigos que reconociéndose de lejos no pueden 
dejar de reírse. 

La joven lo recibió como si no recordara más su 
última noche. 

— ¿Sanó ya? ¡Qué felicidad! ¡Qué aburrimiento, 
Rohán! ¿Se queda a comer, verdad? ¿Sí? ¿Se que- 
dará? 

Como la insistencia estaba llena de la más cordial 
buena fe, y su intención, por otro lado, no era otra, 
respondió que sí. En cambio, notó desde la primer 
mirada que Eglé no quería acordarse de nada. Saludó 
a Rohán rápidamente, volviéndose en seguida a co- 
mentar con su madre un grupo que pasaba por la 
vereda de enfrente. La indiferencia era excesiva para 
ser sincera; pero aún así Rohán sufrió un golpe do- 
loroso. Prosiguió charlando con Mercedes, sin dejar 
ver en lo más mínimo su desengaño. Al revés de lo 



[34] 



HISTORIA BE UN AMOR TURBIO 



que le acontecía cuando estaba solo, en que todas sus 
emociones transparentábanse en el semblante, en pre- 
sencia de gente disimulaba aquéllas perfectamente, 

— Í Qué tarde divina! — suspiró al rato la madre 
mirando al cielo — • No sé por qué no vivimos aquí 
siempre.., ¿Caminemos, le parece? 

Se pusieron en marcha, siguiendo la Avenida hacia 
Temperley. A cada instante tenían que apartarse ante 
el ciclismo titubeante de chicas con capota blanca caí- 
da atrás, cuyas ayas prestaban el hombro dormido al 
incipiente equilibrio. No siendo posible marchar so- 
segadamente, tomaron una avenida transversal, al 
oeste. 

Caminaban despacio; Mercedes y Eglé iban ade- 
lante, dejando jugar los brazos pendientes alrededor 
de las caderas. Cantaban en voz baja. De pronto Mer- 
cedes se quejó: 

— ¡Eglé, por favor! 

Eglé tenía muy poca voz y aún afinaba mal. Acos- 
tumbrada a las protestas musicales de su hermana, 
sonrióse sin interrumpirse. Rohán miró a Eglé con 
profunda ternura. 

— ¡Qué tarde! — tornó a repetir la madre, como 
si jamás hubiera visto una tarde igual. Todos se de- 
tuvieron, sin embargo, volviéndose hacia el camino 
recorrido. 

El crepú&culo era realmente apacible en su frescura 
húmeda de quinta. La calle adoquinada, limpia por 
el aguacero del mediodía 5 albeaba todavía en el centro 
de la calzada, entre la doble fila de paraísos y álamos, 
cuyo follaje sombrío oscurecía ya las veredas. No ha- 
cía viento; todos los molinos estaban inmóviles. Las 
voces, cortadas, se oían claras y distintas en las quin- 
tas vecinas — las voces de mujer sobre todo. A pesar 



[35] 



HORACIO QUIROGA 



del olor a carbón que enviaba la vía, llegaba hasta 
ellos de vez en cuando, en vahos purísimos, el fresco 
olor de los eucaliptos de Temperley, cuya masa piza- 
rrosa se confundía al sur-oeste con el cielo. Una tenue 
neblina esfumaba las frondas quietas, adormecía el 
paisaje, dando al atardecer moroso y sin viento una 
tranquilidad edénica. 

Volvieron lentamente, y era ya de noche cuando 
llegaron a la quinta. Después de comer repitióse el 
paseo; esta vez Rohán al lado de Eglé, dirigiendo jun- 
tos la marcha hacia Temperley. 

— ¡Cuidado, Rohán! — alzó Mercedes la voz tras 
ellos. Ambos volvieron el rostro. Mercedes, que avan- 
zaba con la cabeza al aire, articulaba lentamente: 

— "Había una vez un joven pobre que amaba"... 

La insinuación era demasiado directa para que los 
jóvenes no de sonrieran; pero continuaron serios, em- 
bargados por esa precipitación fuera de tiempo. 

Rohán tenía locos deseos de aclarar su situación 
— quererse francamente. Pero temía con horror dar 
otro paso en falso. Después de la primera noche en 
que habló con Eglé, al recordarle el cariño que ella 
le había tenido, sentía siempre la vergüenza de que 
Eglé creyera que él había evocado fatuamente su apa- 
sionamiento de criatura para exigirle su amor de 
mujer. 

Caminaban uno al lado del otro, muy ocupados en 
observar atentamente cada carruaje del corso. Pronto 
pasaron el límite de éste. Eglé, seria miraba obstina- 
damente la calle, los ojos agrandados en una expre- 
sión de inquieta espera. 

— Poca animación — dijo de pronto Rohán. Sabía 
bien que no la iba a engañar con esa frase indife- 
rente y que ambos se conocían turbados; pero no se 



[36] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



le ocurrió nada mejor. Eglé se lo agradeció en su 
interior. 

— Sí, muy poca — repuso — . Y con la tarde tan 
linda. . . 

Callaron de nuevo. 

— ¿Le agrada que haya venido? — dijo de pronto 
Rohán, con la voz un poco baja y ronca de cariño. 

Eglé arrugó la frente, tardando un momento en 
contestar. 

— ¿Por qué? — preguntó al fin* 

— ¡Por lo pronto — respondió él secamente — por- 
que creía que eso le iba a agradar! — Tiró el cigarro 
y se abotonó el saco con los dedos nerviosos. 

— ¡Francamente — agregó — es usted admirable! 
Si no temiera disgustarla más de lo que le diagustan 
mis ridiculeces, le diría el nombre justo de lo que está 
haciendo. 

La joven se rebeló. 

— ¿Qué hago yo? 

Rohán la miró con toda la rabia que despertaba 
en él ese vil coqueteo. 

— ¡Lástima que no pueda decirle nada! — con- 
cluyó amargamente, volviendo log ojos a la calle. 

Prosiguieron, mudos. Detuviéronse debajo de un 
farol, una cuadra antes de llegar a Temperley, mi- 
rando ambos obstinadamente a Mercedes y la madre, 
que avanzaban lentamente hacia ellos, bajo el umbroso 
cenador de los paraísos, 

Eglé se volvió a él. 

— ¿He hecho mal? — le preguntó con la voz su- 
misa. 

— ¡Claro! - — respondió él violentamente sin vol- 
verse. Y continuó mirando a lo lejos, el ceño con- 
traído y dolorido hasta el fondo del alma. 



[37] 



HORACIO QUIROGA 



Volvieron, — Rohán esta vez con Mercedes, pero 
presa de un seco mutismo. Cuando llegaron a la 
quinta detuviéronse agrupados en el portón, y la fa- 
milia entera saludó a sus vecinas, también en la verja, 
Rohán se hallaba de espaldas a la calle. 

— ¡Pero Rohán, salude a las de enfrente! — le dijo 
Mercedes rápidamente y en voz baja, sin dejar de 
inclinarse y sonreír a las vecinas» 

— ¡Oh, no tengo ganas! — respondió Rohán fasti- 
diado. A pesar de las instancias de Mercedes para 
que se quedara a comer, marchóse en seguida a la 
estación. Se abrió un poco brutalmente camino entre 
los tercetos y cuartetos del brazo que colmaban el 
andén, subió en el primer tren que pasó, tiró el som- 
brero al lado, recostó la cabeza y cerró los ojos, hun- 
diéndose amargamente en ese derrumbe total de su 
corazón, porque comprendía que después de lo que 
había dicho no le era ya posible recomenzar jamás. 

XIII 

Pasaron dos meses. Rohán y Eglé gastaban sus ner- 
vios simulando perfecta indiferencia. Cuando la con- 
versación era general, y sobre todo cuando el grupo 
prestaba atención a una sola persona, observábanse 
fugitivamente. A veces sus miradas se encontraban, y 
desde ese momento ambos insistían infantilmente en 
dirigirse la palabra con la más clara expresión de 
naturalidad, para que Rohán no supiera.. . para que 
Eglé no llegara a creer. . ., etc. 

Se llamaban a veces por el nombre de un extremo 
a otro del comedor, a fin de darse prueba de cabal 
dominio de sí. Pero ambos sabían que, a pesar de 
esto, no lograban engañarse uno a otro y que su 



[38] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



amor continuaba creciendo en el fondo de esas bra- 
vatas. 

Una mañana, después de ocho días de ausencia de 
Lomas, Rohán se encontró con la familia en el centro 
y tuvo que acompañarla a la estación* Dos o tres 
choques picantes con Mercedes lo distrajeron feliz- 
mente de la inmediación excesiva de Eglé, sentada a 
su frente. En el andén logró aislarse con Mercedes en 
un ambiguo y mareante tete á tete, forzando a tal 
punto la libertad de historias que ella le concedía, 
que la joven tuvo que advertirle dos o tres veces que 
era absolutamente imposible seguir oyéndolo* 

Llegaron caminando hasta la locomotora,, y el crudo 
resplandor del día les hizo volver en seguida adentro, 
a la sedante luz tamizada en que los ojos descansaban. 
Sobre el portland luciente sus pasos resonaban claros 
a contratiempo. Una carcajada que Mercedes no pudo 
contener se propagó nítida hasta el portón de entrada. 

Al sonar la campana, Rohán subió con ellas un mo- 
mento, sentándose al lado de la madre, Eglé se colocó 
junto a la ventanilla, mirando hacia el portón. Mer- 
cedes, el busto erguido, cruzó la sombrilla bajo las 
rodillas, como si fuera en auto sentada en el medio. 
Tenía la mirada febril y se mordía sin cesar los labios 
por dentro. Rohán miró el reloj. 

— ¡Cuándo va a vernos, Rohán! — quejóse la ma- 
dre, aunque en verdad la queja era por el calor que 
hervía dentro de su enorme corsé — . Hace quince días 
que ha desaparecido, ¿Está enfermo otra vez? 

— No, señora, iré pronto,.. 

—¿De veras? 

— Sí, mamá, mañana — afirmó brevemente Merce- 
des. 



5 



C30 1 



HORACIO QUIHOGA 



— ¿Lo esperamos uno de estos días? — continuó 
la madre, sin hacer caso de su hija. 

— ¡Mamá, te digo!.. . — sacudió Mercedes la ca- 
beza impacientada. 

— Muy bien; iré mañana, señora. Como su señorita 
hija tiene especial empeño en que vaya. 

— ¡Ah, no! — lo detuvo la joven — . ¡Ah, no! Yo 
no deseo absolutamente nada; ¡muchas gracias! Sola- 
mente — añadió mirando fastidiada a otra parte — 
que de Rohán se muere por ir. 

Rohán vio claramente a dónde iba, y la desafió* 

— ¿Por ir, nada más? 

— jY por Eglé! — acentuó claramente Mercedes. 

Eglé volvió la cabeza y lanzó a Rohán una disgus- 
tada y fría mirada. La madre levantó la vista a su 
hija mayor, con perfecta incomprensión de madre que 
no quiere comprender. 

— ¡Nada, mamá! — respondió Mercedes a esa muda 
interrogación — . Plablo con Rohán. 

Rohán, por su parte, mortificado, no hallaba qué 
decir. 

— ¡Qué penetración! — se le ocurrió al fin, cons- 
ciente mientras se le ocurría, lo decía y acababa de 
decirlo, de que aquello era una vulgaridad. La joven 
lo comprendió también y su boca ge entreabrió en 
una cruel sonrisa. 

— Hubiera creído que los hombres son más inte.. . 
ocurrentes — se corrigió. 

— ¡Mercedes! — clamó la madre. 

— ¡Bueno, inteligentes!, ¡In-te-li-gen-tes! ¡Así! ¡Yo 
no tengo la culpa si Rohán dice pavadas! 

Continuaba desafiante, la sombrilla perfectamente 
equilibrada entre las manos. La madre miró a Rohán, 
y Eglé volvióse de perfil a su hermana; pero como 



[40] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



ésta seguía vibrante, cambió con Rohán una sonri»a 
forzada, riéndose en seguida con la madre* Cruzóse 
de piernas y se arrellanó en su rincón, seria de nuevo» 
El tren partía. Rohán cruzó un rápido saludo de 
manos con la madre y Eglé; y tuvo que detenerse allí, 
porque Mercedes, por toda respuesta a su mano ex- 
tendida, se había contentado con encogerse de hom- 
bros. 

XIV 

Pasaron quince días después de este encuentro ante» 
que Rohán fuera a Lomas. Pero soportó alegremente 
los duros reproches de ingratitud por su ausencia, a 
pesar de que el saludo de Mercedes no había sido de 
lo más cordial. 

— ¡Qué alegre está hoy! — observó al fin Merce- 
des, volviendo a medias la cabeza a él» 

— Sí, hoy estoy bien — respondió Rohán, Y acer- 
cándose a ella, muy cordial — : Sólo me hace falta 
su cariño. 

Mercedes echó la cabeza atrás, entornando los ojos. 

— ¿No se va a morir, Rohán? 

Rohán fue y se detuvo francamente ante ella: 

— Hagamos las paces — le dijo con lealtad. Pero 
tan cerca de ella estaba, que sintió el perfume de su 
carne distendiéndole los nervios en una ola de pro- 
funda languidez. Recorrió una por una sus facciones 
y se detuvo en la boca entreabierta de la joven. Mer- 
cedes hizo a su vez el mismo examen de facciones, 
deteniéndose también por fin en la boca de él Pero 
tu\ieron que apartarse un muchachote pecoso pasó 
por la vereda en bicicleta, volvió la cabeza sobre el 
hombro y miró fijamente a Mercedes. Eglé y la ma- 



[41] 



HORACIO QtrmOGA 



dre, muy separadas, retornaban lentamente del breve 
paseo a la esquina. 

Comenzaba a anochecer. Rohán, que en las dos o 
tres veces que fuera a Lomas los domingos de tarde, 
había tenido la dicha de hallar a las de Elizalde sin 
deseos de pasear en el corso, tuvo entonces que re- 
signarse a entrar con ellas, oprimidos en la estrecha 
caja del "breack", saludando, cubriéndose de polvo, 
sin más diversión para Rohán que ver las eternas e 
insistentes miradas masculinas a Eglé. 

El enojo de Mercedes con su amigo no cesaba. 
Más tarde, en la mesa, se refería siempre a de Rohán 
con incisiva negligencia. 

— ¿Te fijaste, mamá, en las de Santa Coloma? Ya 
no saben cómo mirarnos. La menor nos devoraba con 
los ojos. A menos que mirara a de Rohán — añadió, 
haciendo correr dos dedos su copa sobre el mantel. 

Pero Rohán habíase dispuesto a responder con obs- 
tinada buena fe* 

— ¿Cree?... — dijo — . No es muy posible, por- 
que no me conocen ... No me fijé. 

— Es una dicha — - sonrió la joven compasiva. Con- 
tinuaba mortificándolo, no obstante el visible can- 
sancio de Rohán por esa agresión sin fin. La madre 
intervino inútilmente dos o tres veces. Los sarcasmos 
de Mercedes, exasperados por la porfiada mansedum- 
bre de Rohán, llegaban ya a un grado intolerable, 
cuando de pronto la joven levantó el mantel y miró 
bajo la mesa: 

— No se estire tanto, Rohán, que me va a tocar los 
pies. 

Rohán se volvió sorprendido, y en ese instante sin- 
tió su propio pie estrechado, entre dos zapatos de 



[42] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



charol. Mercedes, inmóvil, lo miraba con una turbia 
expresión de provocación y mareo, 

Anteg que Rohán hubiera tenido tiempo de hacer 
el menor movimiento, Mercedes había retirado sus 
pies sin hacer ruido. 

— No alcanzo, Mercedes . » . — respondió Rohán» 
Aunque quiso hablar ligeramente, su voz a él mismo 
le sonó a falso. Eglé miró a su hermana con atención. 
La madre, fastidiada al fin, dijo que esas no eran las 
bromas más adecuadas en una niña. . . aunque se tra- 
tase de Rohán. Este se echó a reir. 

—¿Soy tan poco peligroso? 

La madre miró a todos. 

— ¿Quién ha dicho eso? ¡Oh, por favor, Rohán! 
Quiero decir que aún para usted, que es de la casa y 
juega con ella misma, esas bromas son demasiado 
fuertes. ¡Sobre todo en una niña! — insistió severa, 
señalando a su hija con el mentón. 

— ¡Bueno, mamá! ¡Bueno, mamá! Me arrepiento de 
todo. Quiero ser juiciosísima, más juiciosa que Eglé. 
Perdón, mamá; perdón, Rohán. . . 

La madre miró a Rohán con lástima por la ligera 
cabeza de su hija, aunque también con visible orgullo. 
Evidentemente tenía debilidad por Mercedes. 

Los antebrazos volvieron tranquilos al mantel. A 
pesar de la paz, la noche pesaba un poco sobre los 
nervios de Mercedes. Quería estar seria, y de pronto 
rompía en una carcajada timpánica, bruscamente cor- 
tada.- Un rato después no pudo más, y durante dos 
minutos se rió con el ritmo en cascada y contagioso 
de las chicas histéricas. Mientras nadie hablaba, las 
carcajadas decrecían hasta perderse y la joven que- 
daba inmóvil, como abismada. Pero en cuanto se decía 



[43] 



HORACIO QUIROGA 



cualquier cosa, la risa volvía a jugar convulsiva en 
sus hombros. Por fin sus nervios se aplacaron, si bien 
la joven tuvo que evitar por largo rato mirar a nadie. 

Habían concluido de cenar, entretanto. Eglé, la cara 
apoyada en la mano, hacía vibrar un bol. El lamento 
del cristal surgía temblando del agua irisada y on- 
dulaba en el aire con una pureza de diapasón. 

— Mi hija, deja eso — habíale dicho la madre, cui- 
dadosa de la corrección* Pero Eglé, pensativa, no 
suspendió su juego. 

— ¿Y si fuéramos a la estación? — rompió Mer- 
cedes, serenada ya — . ¿Vamos, Rohán? ¿Mamá? 
¿Eglé?... 

No era aquélla una solución extraordinaria, pero 
Rohán la aceptó de buen grado. La madre fue un mo- 
mento a arreglarse, seguida de Eglé. 

— ¡Venga, Rohán! — exclamó Mercedes, compo- 
niéndose rápidamente la falda — . Vamos a esperarlos 
en la puerta. Déme el brazo, para probarme que no 
está enojado conmigo. 

Antes de llegar a la verja, Rohán se detuvo ante la 
joven, cogióla de las manos y la miró en plenos ojos. 
Ella intentó débilmente echarse atrás; pero como él 
no se movía, respondió a la mirada de su amigo con 
una esforzada sonrisa. 

— ¡Qué lástima! — murmuró Rohán balanceándola 
ligeramente. La recogió de la cintura y aproximó su 
cara. Mercedes no intentó desprender su boca, ni devol- 
vió el beso. Sintió un largo instante sus labios oprimi- 
dos, gustando así, inmóvil, el mismo fuego que Rohán, 
abrasándose en su boca. 

Cuando éste desprendió la suya, Mercedes se des- 
prendió también de sus brazos, y siguió lentamente 



[44] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



hacia la verja. Apoyóse de espaldas en un paraíso y 
miró la luna sin pestañean Rohán, frente a ella, se 
sentó en el banco de piedra, sin ánimo para dirigirle 
una sola palabra. 

— [Qué hermosa noche! — murmuró Mercedes* 
Rohán no respondió. Al rato la joven, con la mirada 
fija siempre en la luna, añadió lenta: 

— ¿Usted sabe que Eglé lo quiere? 

Rohán sintió una instantánea y profunda ternura 
por Mercedes; le pareció que había equivocado su 
amor hasta ese momento; que era a ella, a Mercedes, 
a quien quería, 

— ¿Tiene celos de usted? — murmuró. 

Por toda respuesta, la joven se encogió ligeramente 
de hombros. La luna de plata agrandaba sus ojos fi- 
jos. Pasó un nuevo rato de completa inmovilidad. 

— Tengo ganas de UoTar — dijo Mercedes suave- 
mente. 

Rohán se levantó. Su cariño llegaba ahora a la com- 
pasión, a esa profunda compasión hecha de un ver- 
dadero río de ternura que brota del corazón mascu- 
lino tocado en ciertas fibras; esa misma compasión 
que nos hace decir, sin motivo alguno para ello, aca- 
riciando a la mujer amada: "¡Pobrecita! ¡Pobre, mi 
amor!". . . 

A tiempo de levantarse, se contuvo: la madre y 
Eglé, llegaban, ésta con distinto peinado. Rohán la 
miró con la impresión de haber dejado de verla por 
varios meses, y sobre todo como si hubiera perdido 
el recuerdo de su hermosura. La observó encantado, 
y con una honda inspiración a la sola idea de poder 
llegar un día a besarla. 



[45] 



HORACIO QUIROGA 



xv 

La estación desbordaba de gente. Habiendo entrado 
por el pasadizo norte, tuvieron que detenerse allí, en 
la más absoluta imposibilidad de dar otro paso. No 
quedó a las de Elizalde otra acción que medir a las 
paseantes de una ojeada, y cambiar a su respecto bre- 
ves palabras. Rohán, por su parte, admiraba la pa- 
ciencia con que las chicas soportaban el examen. De 
lejos sabían aquéllas que al llegar allí iban a ser des- 
menuzadas; y sin embargo las pobres muchachas, in- 
contestablemente mal vestidas, avanzaban sin la menor 
turbación hacia las de Elizalde, erectas e impasibles 
en la seguridad de su vestir intachable. Rohán, en dis- 
posición de ternezas esa noche, sentía gran simpatía 
por las pobres chicas. 

Un riente saludo de sus amigas hacia el andén 
opuesto, lo distrajo. 

— Crucemos — dijo la madre — . Son las de Olivar; 
vamos a charlar un momento. 

Sobre todo, era más distinguido pasear por allá. 
Abriéronse paso como les fue posible y los dos grupos 
se unieron. No obstante poder caminal ahora en paz, 
el runrruneo de ení rente atraía sus ojcs, y entre la con- 
versación general, los comentarios proseguían, esta vez 
con saña doble por tratarse de las familias commil 
fauL 

Desde allí parecía a Rohán más espantoso el rodeo 
ovino de los paseantes. Iban de un lado a otro, dán- 
dose vuelta infaliblemente en cada extremo del andén, 
como si allí concluyera el mundo. Hacíanlo con len- 
titud solemne, las caras enrojecidas y sudorosas. Ese 
lento y obstinado vaivén, visto tras el enrejado de 



[46] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



alambre, daba a Rohán una impresión de maniobra 
porfiada e irracional que ya nos ha acongojado en 
pesadilla. Y a través de todo esto, los rápidos ululando 
a toda velocidad, con su cola de viento que montaba 
los papeles de la vía sobre el andén y hundía los ves- 
tidos entre los muslos. 

Por fin se retiraron. Eglé y Rohán marchaban ade* 
lante, sin cruzar una palabra. También la joven regre- 
saba pensativa* 

— ¿Se divirtió? — rompió Rohán, 

— No mucho — respondió Eglé, llevándose las ma- 
nos a las sienes. 

— ¿Le duele la cabeza?. . . 

— No, me pesa un poco. ¡Qué aburrimiento! No sé 
cómo a Mercedes le gusta eso. . . 

— Ella tiene otro modo de ser. • . A mí tampoco 
me divierte. 

— Yo creía que sí . . . 

— Absolutamente. 

Se callaron. Al cabo de un rato, Rohán observó: 

— Curioso que tengamos el mismo gusto. . . 

Porque a pesar del silencio de Eglé, habíale pare- 
cido a Rohán notar en el "brcak", primero; luego en 
la mesa, y un momento antes en la estación, ciertas 
miradas de fugitiva y honda fijeza, y que la joven 
había tenido la precaución de disimular todo lo po- 
sible. — Esta noche me quiere — se dijo. Y el demo- 
nio de la impulsividad que nos ha hecho perder tan- 
tas ocasiones por no contemporizar, le subió in- 
contenible desde el corazón. 

— ¿Oyó lo que le dije? 

— ¡Eglé! — llamó la madre de atrás en ese ins- 
tante. La joven se volvió. 

-¿Qué? 



[47 ] 



HORACIO QtrrROGA 



— No caminen tan ligero > , . 

— Oí — respondió despacio Eglé, mirando al mismo 
tiempo a su madre, mientras agregaba en alta voz — : 
Bueno, ya vamos a llegar. . . 

Rohán vio por tercera vez el camino abierto, pero 
recordó también los desencantos anteriores. — Apenas 
le diga algo concreto, — se dijo, — se va a cerrar de 
nuevo. Sentíase rabioso ahora — : Si piensa que le voy 
a dar ese gusto, ¡estúpida! . . . 

Como siempre, en estos casos, forzaba la expresión, 
para afianzarse así en un estado de odio ficticio que 
se creaba él mismo para resistir mejor. 

Llegaron a la quinta, mudos de nuevo. Fueron to- 
dos a la sala, donde Mercedes tocó el piano con mu- 
cha más apacibilidad de la que hacían presentir sus 
nervios de esa tarde. Momentos después Eglé reempla- 
zaba a su hermana, y Rohán quedaba solo con ella en 
el salón. La joven prosiguió tocando; pero poco a poco 
sus piezas no alcanzaion ni a la mitad, concretándose 
luego a ligar acordes. Hasta que al fin se volvió a 
Rohán : 

— ¿Qué quiere que toque? 

— Lo que usted quiera . . ♦ 

Al oír la nueva pieza, Rohán se sorprendió. Era una 
cosa vieja, no oída hacía mucho tiempo, y a cuya 
época volvió de golpe, recorriendo en un segundo to- 
dos los cambios sobrevenidos. Cuando concluyó: 

— Qué tiempo que no oía esto ... ¿ Creo que se lo 
he oído tocar a ustedes antes? — la interrogó. 

— Cierto, es verdad — asintió Eglé, Y sin apartar 
los ojos de la partitura: 

— Mercedes lo tocaba la noche en que usted se fue. 

La evocación era demasiado viva para que no lo 
tornara fosco de golpe. Desde el sofá — la cabeza 



[48] 



H3ST0HIA DE UN AMOR TURBIO 



echada atrás — la veía de perfil. Sus ojos, que baja- 
ban fugazmente al teclado, estaban contraídos por la 
luz de frente y el esfuerzo de la lectura. Ahora que 
la atención de su trabajo la hacía olvidarse de su fi- 
sonomía, sus rasgos se acentuaban con un gesto un 
poco duro que debía de ser indudablemente su expre- 
sión natural a solas. 

Rohán recorría detalle a detalle su cuerpo. El más 
nimio tenía para él en ese instante una sugestión inci- 
siva; y como notara un alfiler salido a medias del 
cuello del vestido, eso solo inundó su pecho con una 
profunda ola de viril ternura. Sentía deseos locos de 
abrazarla, de protegerla, y la misma bizarra compa- 
sión de antes le traía a la boca: — "¡ Pobre! ¡pobre!" 

Se lanzó en la sima que se abría ante él: 

— ¿Qué edad tenía usted cuando yo me fui? 

El pretexto para recomenzar era infantil; pero la 
efusión de su amor lo entregaba como un niño. 

— Ocho años. Era muy chica ... — agregó Eglé. 

— ¡Sí, ya sé! — replicó él secamente, — No he que- 
rido decir nada. 

Eglé detuvo su mirada en la de él un segundo, pero 
el tiempo suficiente para que Rohán, por cuarta vez 
en el día, percibiera la intensa expresión ya aludida, 

— Lo he dicho sin intención — se excusó Eglé. 

— Creo — murmuró Rohán. 

Pero siempre sin apartar los ojos del mismo punto 
de la música, la joven agregó: 

— ¿Porque lo quería mucho, verdad? 

— Sí — afirmó él. Y acentuó con doloroso sarcas- 
mo — : Me quería mucho. . . 

Pero a pesar suyo, la verdad de su gran cariño lo 
entregó en otro tumultuoso impulso: 

— ¿Se acuerda del balcón? 



[49] 



HORACIO QUIROGA 



— Me acuerdo . . . — murmuró Eglé, aproximando 
más la cabeza a la difícil música. 

Rohán, con el cielo abierto de golpe, se levantó, 
fue a su lado y puso torpemente su mano sobre la de 
Eglé. 

— ¿Me quiere siempre? — le preguntó con la voz 
tomadísima de emoción» Eglé alzó la cabeza y lo miró 
sonriente y turbada de felicidad: 

— Siempre, . . 

Rohán se inclinó entonces sobre ella, levantóle la 
cara del mentón y unió su boca a la suya. El beso 
fue tan largo, tan apretado, que Eglé salió de él fati- 
gada, rendida por ese amor que entregaba al fin en 
un beso. 

Después de media hora se levantaron y salieron al 
balcón, No sabían qué decirse de alegría; se miraban 
riendo. 

En la noche clara, la luna brillaba, luminosa sobre 
su inmensa dicha. El jardín, húmedo al fin de rocío, 
elevaba al cielo su serena esperanza. Mercedes, desde 
la verja, los vio. 

— ¿Por qué no bajan, Eglé? Está fresco aquí. . . 

— No podemos — contestó Rohán. 

— No podemos — repitió Eglé. 

Mercedes, después de observarlos un momento, ha- 
bló con la madre en voz baja y subieron juntas. 

XVI 

A la mañana siguiente Mercedes se levantó más 
temprano que de costumbre. Eglé, con la sábana a los 
pies, dormía aún. Se desayunó desganada y bajó al 
jardín. La mañana, fresca y llena de sol, le hizo en- 



[50] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



tornar los ojos, todavía no bien despiertos. Caminó 
- un rato distraída de aquí para allá, sin resolución 
precisa ni vaga de hacer nada. Al fin se detuvo, sus- 
piró profundamente oprimiéndose la cintura con las 
manos y miró a todos lados, aburrida. No sabía qué 
hacer. Pensó un momento en tocar el piano, pero sen- 
tíase llena de pereza de hacer ruido ella misma. Con- 
cluyó por subir a su cuarto y volvió con un libro. 
Sentóse en un banco y releyó atentamente el título 
cuatro o cinco veces con la mente vaga* Vio así una 
hormiga que cruzaba el sendero y la siguió con los 
ojos hasta que se perdió en el césped. Luego levantó 
la cabeza y el sol le hizo cerrar los ojos. Trató de 
afrontarlo, usando su mano de pantalla, y por mucho 
que se esforzó, aún cerrando del todo un ojo y abrien- 
do el otro apenas, la luz la deslumhraba. Resignóse y 
se sentó de costado, la cabeza en la mano. Entretú- 
vose largo rato con las conchillas, que desparramaba 
en semicírculo. Su zapato provocó en seguida su aten- 
ción y extendió ambos pies cuanto le fue posible. 
Quedóse un momento mirándolos, pensativa. Luego, 
más pensativa aún, subió lentamente las faldas hasta 
media pierna. De pronto las dejó caer con un movi- 
miento brusco, mirando inquieta alrededor. 

Volvió al libro, abriólo al azar y no entendió una 
palabra. Lo dejó a un lado desganada, abrazóse las 
rodillas cruzadas y tornó a su&pirar, mirando a todos 
lados. ¿Qué hacer? Decidióse al fin a ir a despertar 
a su hermana, ocupación siempre grata para otra her- 
mana aburrida» Subió de nuevo, abrió la ventana de 
par en par y sacudió a Eglé del hombro. 

— ¡Son las diez, Eglé! 

Eglé murmuró sin abrir los ojos, tratando de vol- 
verse a la pared: 



[51] 



HORACIO QUIROGA 



— Tengo sueño . . . — Pero su hermana cerró el 
tibio camino con el brazo. 

— ¡No, levántate! ¡Si vieras!... Estoy más abu- 
rrida, . . 

Eglé entregóse sin hacer más resistencia. Se vistió 
en silencio con prolijo esmero, mirándose larga y pen- 
sativamente en el espejo, como si no recordara ya su 
cara. Ya peinada salió al balcón, pasando el brazo por 
la cintura de su hermana. 

El sol, más fuerte ya, blanqueaba la avenida ca- 
liente y desierta. En la esquina, un "break" cruzó la 
bocacalle, tronó un momento sobre los adoquines y 
enmudeció de nuevo en el polvo del callejón. Las 
hermanas tendieron el busto afuera, pero no pudieron 
conocer a los viajeros. 

— Tengo sueño todavía ... — murmuró Eglé — . Si 
me hubieras dejado dormir. ♦ . 

Mercedes se animó de pronto: 

— ¿Vamos al centro? 

— Mamá no va a querer. 

— No importa; vamos a pedirle — y arrastró a su 
hermana abajo. En efecto, la madre se opuso resuel- 
tamente; el día anterior habían vuelto a las dos de 
la tarde y era bastante. 

— ¡Pero Lola! — se quejó Mercedes — . ¡No Bañe- 
mos qué hacer! 

Desde pequeña, en los momentos de ternura, Mer- 
cedes llamaba a su madre por el nombre. 

Perdida, pues, la única esperanza de distracción, 
las jóvenes se miraron desconsoladas. Pero cuando hu- 
bieron subido de nuevo: 

— ¿Y si lo llamáramos a Rohán? — propuso Mer- 
cedes como un hallazgo. 



[52] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



— No — repuso brevemente Eglé — . Va a venir esta 
noche , . . 

— ¡Cierto! No me acordaba. . . Señora de Rohán, . . 
Queda muy bien. ¿Cuándo te casas? 

Su voz había cambiado un poco. Eglé no respondió. 

— ¿Sí? ... — continuó su hermana — . ¡Pues yo lo 
llamo por teléfono! 

— ¡Mamá! — levantó Eglé la voz — ; Dile a Mer- 
cedes que no haga eso. 

— ¿Qué cosa? — respondió la madre. 

— Quiere llamar a Rohán para que venga . . . 

— ¡Mercedes! — clamó la señora desde abajo. 

— ¿Por qué, mamá? ¿Acaso porque sea novio de 
Eglé, va a dejar de ser amigo nuestro? 

— No; pero no está bien. 

— ¿Pero por qué? 

— ¡Porque sí, mi hija! ¡No seas ridicula! 
La joven miró entonces fijamente a su hermana, en- 
tornando los ojos. 

— No lo voy a comer, a tu Rohán. . . 

— Creo lo mismo ... — repuso Eglé tranquilamente. 

— ¿Qué crees? 

— Que no lo vas a comer. 

— ¡No! ¡Puedes estar segura! ¡No te tocaré abso- 
lutamente a tu Rohán! — insistió Mercedes. 
— Creo lo mismo. 

— ¡Crees!... ¡Dime, por favor! ¿Tienes celos de 
mí? 

Eglé, sin responderle, se levantó con la expresión 
dolorida. 

— ¡Mamá! ¡Dile a Mercedes que me deje en paz! 
— ¡Mercedes! 

— ¡Nada, mamá! ¡Es Eglé! ¡No se le puede decir 
nada! ¡Muy bien! Quédate con tu amor, te dejo. ¡Pero 

[53] 



HORACIO QUIROOA 



puedes estar segura, mi hija, de que nadie te dispu- 
tará tu felicidad! 

Toda esa tarde perduró la acritud fraternal. Pero al 
caer la noche fueron juntas a la verja, y los comen- 
tarios cambiados forzosamente por hábito, trajeron 
insensiblemente la paz. 

XVII 

Rohán visitaba al principio los jueves, y en los pri- 
meros tiempos la semana le parecía terriblemente larga. 

Como siempre se quedaba a comer allá, el miércoles 
de noche, al sentarse a la mesa en su casa, se acordaba 
contento: — Mañana no como aquí; es jueves — . Y al 
evocar a Eglé a su lado, riéndose cada vez que le pa- 
saba el pan por indicación de su madre, sentíase com- 
pletamente dichoso por ir a verla al día siguiente. 

En las demás horas, fuera de los momentos de aguda 
pasión, el recuerdo normal de Eglé no le producía más 
que un grande contento de sí mismo, y una reposada 
claridad para ver y juzgar las cosas. Pero era sobre 
todo en las circunstancias íntimas: al acostarse, al le- 
vantarse, cuando evocaba a su novia; y al hacer o 
pensar algo bueno que ella ignoraba, o al escuchar 
algún vago elogio de él. — Si ella oyera... pensaba 
en seguida. 

Por fin el jueves tomaba el tren, acordándose a ve- 
ces de los viajes que hiciera antes, cuando trataba de 
convencerse de que Eglé le era indiferente y bajaba 
en Lomas para ver sólo a las de Elizalde. 

Eglé lo esperaba; y a la hora, no antes, porque los 
días eran largos y la verja sin ligustro, comenzaban 
su dúo en el jardín. 



[54] 



HISTORIA DE TIN AMOR TURBIO 



— ¡Amor, amor mío! — estrechábale Rohán la cara 
entre las manos. 

Eglé, sonriendo, cedía a las sacudidas con que él 
apoyaba cada palabra de cariño. Por momentos que- 
dábase ella seria y lo miraba atentamente, como si 
resolviera un problema de dudas sobre el amor de 
Rohán, o hundiéndose en una de las femeninas y ca- 
racterísticas desviaciones de pensamiento. Rohán sos- 
tenía el examen, pensando a su vez en su extrema 
felicidad el día que Eglé fuera suya. Y ante esta in- 
confundible expresión, Eglé &e entregaba, arrimando 
su frente al cuello de éL Cuando Eglé sonreía así 
— mientras Rohán le sostenía alta la cara del men- 
tón — , Rohán sentía bramar dentro de sí, pugnando 
por escapárseles, los leones del deseo, y tenía que que- 
dar Un rato inmóvil, recostado al pecho de su novia 
para aplacar a aquéllos con honda» inspiraciones. 

— Eglé, mi alma. . . 

— ¡Sí, tuya, tuya! — murmuraba ella. 

— Si vieras lo que he sufrido. ♦♦ 

-¡Y yo! 

Quedaban un momento graves, estrechándose más. 

— Mi amor. . . 

-Sí... 

— ¿Para siempre? 

— Para siempre. 

— ¿Para mañana? 

— Sí, sí . . . 

— ¿Y para un año? 

— Para un año. 

— ¿Y para muchos años? 

Eglé se reía, demasiado dichosa ya para continuar 
el juego que ahogaban al fin con sus labios. 

[55] 

6 



HORACIO QUIROGA 



En otros momentos, Rohán: 

— De lo que estoy seguro es de quererte mucho más 
que tú a mí. 

— ¡No es verdad! — protestaba Eglé. 

— Completamente cierto. Y si . . . 

— ¡No, no! Yo te quiero más. ¡Si vieras!.,. 

— Dime — cambiaba él entonces de posición para 
mirarla de frente — : ¿Por qué no querías hacerme 
ver que me querías? 

Ella, contraída, se echaba sobre el pecho de Rohán. 

— ¡Te quería tanto! — murmuraba. Rohán la be- 
saba en la nuca, apartando el cabello con los labios 
para alcanzar más alto. Y añadía: 

— ¿Creías que yo me acordaba de aquella noche, 
cuando eras chica? 

— No, no . . . 

— Sin embargo, no hay otro motivo. . . ¿Y me que* 
rías mucho entonces? 
— ¡ Mucho, mucho ! . . . 
— ¿Menos que ahora? 
—¡Más!... 

— ¿Es decir que ahora me quieres menos? 

— ¡Oh, malo! — se incorporaba ella por fin, pro- 
bándole en largos y húmedos besos su error. 

Naturalmente, evocaban a cada rato los menores 
detalles de sus choques anteriores, pero sin lograr nun- 
ca ponerse de acuerdo sobre las causas. Lo que para 
Rohán era evidente, para Eglé no eran sino insidiosos 
sofismas de aquél. En resumen, todo había pasado por 
mala interpretación de Rohán, según ella, y por co- 
queterías de Eglé, Begún él. 

— ¡Pero no! ¡Te juro que no! — protestaba la 
joven. 



[56] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



— ¡Pero sí! — porfiaba él — . Te gustaba que te 
quisiera. 

— ¡Ya lo creo! — se reía Eglé abrazándolo. 
— Y si te gustaba que yo te quisiera y tú me querías, 
¿por qué hacías eso? 
— No sé, te juro que no sé. . . 
— ¡Yo lo sé, en cambio! 
— ¡Dime! 

— No quiero — respondía él atrayéndola. 
— ¡Dime, dime! 
— No quiero. . . 

Y sobre su boca y su cuello susurraba: — No quie- 
ro. . . no quiero. . . no quiero. , . — tan bien, que los 
leones volvían a bramar, trayendo la tregua necesaria. 

Pero al rato: 

— Quisiera saber qué se ha hecho de la personita 
impasible de antes. . . 

Eglé se reía, dichosa. Constituía una de las más 
frescas impresiones de Rohán, el haberla presentido 
así, profundamente afectiva. 

— ¿Ya no hay más gestos de reina, parece, seño- 
rita? 

— ¡No, no!... ¿Y me querrás mucho tiempo, tú? 
— ¡Psss!... Doce años. 
— ¡Qué horror! 

— Sí; pero como tengo once más que tú, en verdad 
son aún veintitrés de amor. Once años.», ¿mucho, 
verdad? 

—¡Cállate!.. . 

— ¿Aunque nos casemos? 

— ¡Oh! — clamaba ella entonces, si bien aproxi- 
mando a Rohán su cara echada atrás, y en su boca 
aquella sonrisa con una sola comisura de los labios, 

[57] 



HORACIO QUIROGA 



que Rohán absorbía en un mudo, hondo y estremecido 
beso que arrancaba un ronco bramido a su» leones. 

A veces, sin embargo, la charla era muy seria. 

— Supondrás — asegurábale él — que deseo para 
ti la misma libertad que para mí. Si quieres ir a un 
baile, hazlo. Ten la plena seguridad de que te quiero 
bastante más de lo necesario para hacerte la ofensa 
de creer que vas expresamente a un baile a enamo- 
rarte. Y a este respecto, otra cosa: si alguna vez lle- 
gamos a ir juntos, no daremos el cargante espectáculo 
de meterle a la gente por las narices nuestro amor y 
nuestras inseparables personas. Tú bailarás por tu 
lado, y yo por el mío, fuera de los momentos en que 
tengamos natural deseo de estar uno al lado del otro; 
¿te parece? 

Eglé asentía, aunque no hubiera deseado que él 
hablara así. Y como quedaba mirándolo, hundjda de 
nuevo en su giro de pensamientos deductivos, él ob- 
servaba: 

— ¿Te da pena que no sea celoso? 

Eglé se recostaba en su hombro sin responderle. 

— No desees verme celoso — sonreía él acaricián- 
dola — . Te aseguro que no es agradable. 

Luego Eglé, que suponía a Rohán excesivamente 
afecto a las mujeres, ponía en él sus ojos de duda y 
fe: 

— No me importa que hayas querido; lo que deseo 
es que me quieras a mí. 

— Sí, a ti sola... a-ti-so-la. Y tú — añadió él en 
esta ocasión, observándola — : ¿Has querido alguna 
vez? 

Tras una breve pausa, Eglé respondió: 
— Sí, creí querer... Pero ahora que sé como te 
quiero a ti, veo que no amaba. 



[98] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



Su cabeza y su brazo izquierdo habíanse de nuevo 
estrechado al cuello de Rohán. Este, seguro de que 
Eglé no le mentiría, la besó agradecido de la con- 
fianza que en él mostraba. 

A las once generalmente volvían al salón. Eglé 
tocaba el piano, con ritmo no siempre justo por la 
insistencia de Rohán en apoderarse de una mano, 
cuando alcanzaba en los bajos hasta él La madre y 
Mercedes se aburrían discretamente. A las doce y 
veinte en punto se iba, pues no quería perder el úl- 
timo tren al centro y verse obligado a dormir en 
Adrogué, como ya le había acaecido dos veces. 

XVIII 

Pasaron así dos largos meses, y Rohán comenzó a 
hallar un poco largas sus visitas. Se retiraba cansado 
siempre, la cintura dolorida por las torce duras del 
busto en el banco, y a la mañana siguiente — como 
llegaba a su casa a la una y media y no se dormía 
hasta una hora después — levantábase tarde, lo que 
no era de su agrado. En consecuencia, dijo una noche 
a Eglé que en adelante tomaría el tren de las once y 
cuarenta. Eglé levantó los ojos con dolorosa extrañeza, 
y lo miró largo rato, mientras en sus ojos nacían, 
morían y tornaban a renacer sus dudas sobre el amor 
de Rohán. Rohán la miraba tranquilo a su vez, se- 
guro de que en sus ojos Eglé no leería más que la 
natural y firme decisión de no cansarse demasiado. . . 
sin ningún otro motivo. 

Eglé sonrió al fin débilmente, como las personas 
que consienten, convencidas sin embargo de que ellas 
tienen razón, y buscó el cuello de él. 



[59] 



HORACIO QUIROGA 



— Yo no me cansaría de estar con mi novia. . . 
murmuró. 

— ¡Qué sabes tú! — se sonrió Rohán, alzando el 
rostro oculto en su pecho — . Son cosas nuestra3... 
Tú no sabes nada. Además, esto es típico de las mu- 
jeres. Todo el amor a nosotros está en ustedes única- 
mente: "No importa que él se fatigue o sufra; estando 
conmigo me da placer, y, por lo tanto, debe quedarse". 
¿No es esto? Vamos, vamos. . . ¡Si te quiero siempre 
igual! 

— Antes no te cansabas . . . 
— Porque era al principio. 

Eglé no comprendía y levantaba de nuevo los ojos. 
Rohán reafirmaba lo que acababa de decir con las 
sencillas razones de que por natural entusiasmo de 
comienzos de amor, sentíase antes más excitado e in- 
cansable. Aunque se daba cuenta de que esa verdad 
no era posible para una mujer enamorada, vale decir 
con peor interpretación de la habitual, a pesar de eso 
no podía menos de ser sincero con ella. 

Dos semanas después, Rohán llegó a lo de Elizalde 
a las siete y media. Habíase quedado más de lo acos- 
tumbrado en la Dirección de Tierras, estudiando cier- 
tos perfiles de pozos artesianos que acababan de llegar 
del Sur a su división. Y en su entusiasmo por las 
mechas y sondajes, entretuvo largo rato a Eglé con 
los proyectos de lo que harían en la estancia cuando 
fueran algún día a vivir allá. 

— Luego — concluyó besándole las palmas de las 
manos — éste es el motivo de haber llegado tarde. 
¿Me perdonas? 

Eglé perdonaba, con la misma débil sonrisa. Y en 
sus ojos Rohán leía claramente la triste certeza de que 



[60] 



HISTORIA DE TTN AMOR TURBIO 



él la quería cada vez menos. Ella se lo decía a veces 
y él se echaba a reir. 

— No, te juro que no. . . Eg que ustedes sienten el 
amor de un modo muy distinto del nuestro... ¿No 
has leído por casualidad la "Historia de los Gabsdy" 
de Kipling? 

— No, ¿qué dice? 

— Algo muy parecido a lo que nos pasa. . . A lo que 
nos pasó, Eglé, mi vida. . . ¿Verdad? — la estrechaba 
de nuevo. 

Pero como a la visita siguiente llegaba otra vez a 
las siete y media, y lo mismo las veces siguientes, 
Eglé, paseando sola a bu espera por el jardín, sentía 
que se derrumbaba su felicidad de dos meses, porque 
el amor de Rohán se iba apagando poco a poco, y no 
la visitaba sino por no hacerla sufrir si le decía que 
ya no la quería más. 

XIX 

Una tarde, Rohán quedó muy sorprendido de no 
ver a Eglé esperándolo. 

— Ha salido, pronto vuelve — le dijo la madre — . 
La menor de las Olmos estuvo hace una hora. . . Us- 
ted sabe la amistad que tienen con Eglé. Quería a 
toda costa que fuera a comer con eÜa. . , Es su cum- 
pleaños, y nunca ha faltado mi hija. Al fin Eglé con- 
sintió en ir un rato, esperando estar de vuelta antes 
de que usted llegara. Ha venido temprano hoy — con- 
cluyó mirando el reloj. 

— Sí, señora . ♦ • 

— Espero, Rohán. . . 

— ¡Oh! — se rió Rohán con franqueza — . ¡Supon- 
drá que no soy tan chico! 



[61] 



HORACIO QTJIROGA 



— Ya va a venir — prosiguió la señora — . No pue- 
de demorar. Entretanto, ¿por qué no tocas el piano, 
Mercedes? Hace un año que no se te oye. 

La joven comenzó, mientras la madre subía al pri- 
mer piso. 

Desde que Rohán tenía amores con Eglé, su amistad 
con Mercedes había perdido del todo la turbulencia 
de antes. Ahora hablaban juiciosamente, sin el menor 
recuerdo ni en la voz ni en los ojos de sus equívocos 
días. Acaso Rohán hubiera hallado modo y ocasión 
de fustigar un poquito aquellos nervios locos; pero la 
joven afectaba tal disposición a no ver ahora en 
Rohán sino un sencillo y querido hermano, que éste 
no quiso insistir. 

Esa noche, sin la presencia absorbente de Eglé, mal 
dormidos recuerdos despertaban agudos, mientras la 
miraba tocar. Había engrosado. La cintura quedaba 
ahora alta sobre el taburete. La falda, echada de lado, 
ceñía tirante los muslos, y bajo la axila la blusa 
tensa formaba pliegues. Conocíase claramente su fra- 
ternidad con Eglé en la igualdad de expresión cuando 
leía música: los mismos ojos entornados con esfuerzo 
de miopía, e idéntica dureza en la boca. Cuando con- 
cluyó su "Tosca", Rohán acercóse al piano. 

— ¿No toca más? 

— No — respondió la joven, recorriendo de nuevo 
con los ojos la música ejecutada — . Si usted quiere, 
sí. . . ; pero no tengo ganas. 

— No, gracias. . . 

La joven se levantó sin mirarlo, oprimióse las sie- 
nes con la punta de los dedos, por costumbre de per- 
tona que ha sufrido jaquecas, y se recostó de brazos 
en la cola del piano, hojeando partituras. Rohán, con 
la rodilla encima del taburete, la miraba, mientras sus 



[62] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



leones despertados comenzaban a asomarse a sus ojos. 
Dejó el taburete y fue a su lado. 

— ¿Interesante, esa partitura? . . . 

— Sí, estoy viendo. . . 

Rohán se aproximó más. 

— Qué raro, todo esto ... — señaló con el mentón 
un trozo cualquiera de la música. 

— No, eso es fácil . . . Esto es mucho más difícil 
— señaló Mercedes con el dedo, 

Rohán extendió la mano y se apoderó del dedo. 

Sin pronunciar una palabra, la joven lo retiró y 
bajó la cabeza a las líneas inferiores de la página. 
Durante un rato ambos quedaron inmóviles. Rohán 
veía sin mirar la mejilla de Mercedes enrojecida junto 
a la oreja, y con las narices dilatadas respiraba hasta 
el fondo de su ser el perfume mareante. Lentamente 
rodeó con el brazo la cintura de Mercedes, aproxi- 
mando en silencio su cabeza a la de ella. Al sentir el 
contacto, la joven se estremeció; subió los ojos en la 
página y su expresión se contrajo con desagrado, 
mientras el fuego de sus orejas invadía la mejilla en- 
tera. Como el brazo continuaba oprimiendo sin mover 
un dedo, la joven intentó llevar la mano atrás para 
desprenderse. Pero se detuvo y quedó inmóvil, máa 
abrasada aún. 

Rohán ciñó todavía el -brazo, y vibrando de esca- 
lofríos puso sus labios en el cuello de Mercedes. La 
joven se oprimió todo lo que pudo contra el piano. 

— ¡Déjame! — murmuró. 

Ante este tuteo inesperado, Rohán, con todos los 
leones en rugidos, la estrechó más. 

— ¡Dejáme! — se quejó de nuevo Mercedes. Y esta 
vez logró llega* con su mano a la cintura y despren- 



[63] 



HORACIO QUTROGA 



derse, yendo a caer sentada en el sofá. Rohán la si- 
guió y, mudo, atrájola violentamente a sí. La besaba 
aquí y allá con un pequeño gemido de deseo exaspe- 
rado en cada beso. Al fin ella desprendió su boca y 
recostó su cabeza en la de éL 

— Tú no me quieres... — murmuró con lágrimas 
en la voz, pero estrechándolo furiosamente al mismo 
tiempo. 

—Sí, te quiero ... 

— ¡No, no me quieres! 

Rohán quiso decir algo, pero no halló una sola 
palabra. Mercedes midió su silencio. 

— ¡No, no me quieres! — repitió de nuevo fría- 
mente, y levantándose a tiempo que llegaban la madre 

y Eglé. 

Al ver a Eglé, Rohán sintió hacia ella súbita e in- 
mensa ternura; ternura de marido, no de novio, algo 
de íntimo agradecimiento y mucho de honda protec- 
ción, sentimiento que conocen los casados ai día si* 
guiente de haber sido muy injustos con su mujer. 

XX 

El jueves siguiente Rohán llegó un poco más tarde 
aún. Días atrás había adquirido cuantos catálogos de 
aparatos de sondaje existían en plaza. No bastándole 
esto, al salir de la oficina iba a una u otra casa; exa- 
minaba válvulas, grúas, diamantes; calculaba calibres 
y desgastes, todo con la atención y el tierno entusias- 
mo de un aficionado pobre que remueve un costoso 
mecanismo. Como temprano o tarde llegaríale la oca- 
sión de abrir todos los pozos imaginables en la estan- 
cia de su padre, su ánimo industrial, pasando sobre 



[64] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



mechas y sondas, llegaba hasta Eglé, ante la certeza 
de trabajar dichosamente un día, ella a su lado. 

Contento de fe en sí mismo apresurábase a ir a 
Constitución; y de este modo, llegando tarde a Lomas, 
Eglé lo recibía lastimada. No le decía nada; pero 
Rohán notaba en su primer mirada y sobre todo en 
el modo de reclinar la cabeza en su cuello, que el des- 
aliento proseguía, Rohán pensaba a su vez en la visi- 
ble injusticia de su novia deseando, a costa de todo 
lo importante que él pudiera hacer en Buenos Aires, 
tenerlo con ella. Sabía que si hablaran desahogándose, 
todo pasaría; pero el mudo sufrimiento de Eglé, en 
vez de despertar su compasión, hacíale sentir más la 
sinrazón de esa pena. Y de este modo, no obstante los 
momentos claros, continuaban sufriendo a la par. 

Ese jueves* por fin, decidióse. Di jóle todo lo que 
ella sentía y lo que sentía él. 

— En el fondo — concluyó Rohán, acariciándola 
para mitigar la dura verdad — no hay sino el terri- 
ble egoísmo del amor de ustedes. Poco les importa la 
dicha personal, — independiente del amor usufruc- 
tuado — , del hombre que quieren. Lo único que aman 
es su propia felicidad, la que les proporciona el hom- 
bre querido con su presencia. Por lo pronto, no es 
esto hallazgo mío , . . Con esta sola excepción — con- 
cluía pasándole la mano por la garganta. 

Rohán no se había aún habituado a la sensación 
del terso cutis de Eglé, y cada vez que lo tocaba le 
sorprendía su suavidad. El encanto salíale de tal modo 
a los ojos, que ella comenzaba siempre a sonreír 
cuando él se disponía a acariciarla de ese modo. 

— No, no es eso. . . — murmuraba esta vez Eglé re- 
costando su cara a la de él — , Es que tú no me quie- 
res como antes, . , 



[65] 



HOEACIO QUIROGA 



— ¡Te quiero! 
— ¡No, no! 
— ¡Sí, sí! 

— Vienes porque tienes lástima, nada más, de tu po- 
brecita Eglé. . . 

— ¿Lástima, verdad?., . A ver, bien de cerca... 

— ¡Oh! ¡Así no vale! — protestaba ella ahogada de 
besos. 

— ¿Olvidamos todo, entonces? 
— ¿Vendrás más temprano? 

— Eso no. De veras — agregaba seriamente — y te 
juro que tengo que hacer. 
— Todos los días que vienes, , , 
— Y los otros. ¿Olvidamos? 
— Sí, olvidamos. 

Y la paz se selló en esa ocasión con tal sacudida 
amorosa, que las peinetas de Eglé se desprendieron y 
el cabello cayó, cambiando instantáneamente su com- 
postura de novia en frescura de recién casada. 

Bajaron al jardín. Rohán a cada instante la dete- 
nía, echábale la cabeza atrás del mentón, y sobre el 
rostro de Eglé, bañado por la luna, en que la dicha 
reencontrada delatábase con arrobada expresión, sur- 
gía la lenta y divina sonrisa con una sola comisura 
de los labios. 

— Mi amor, mi amor querido... 

— Sí, sí. . . 

— Mi alma. . . 

— ¡Toda tuya! . . . 

— ¿No te cansa? 

— ¿Qué? — retiraba ella la cara, temerosa. 
— Lo que te digo; no sé decirte otra cosa. . . 
—¡Oh!... 



[66] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



— Sí, sí.*. Mi amor, mi vida, mi alma querida. . . 

Pero en esos torrentes de ternura, la boca, la nuca, 
el cuerpo entero de Eglé oprimido al suyo mantenía 
a sus leones en un constante bramido. Cuando aqué- 
llos se enloquecían, Rohán conteníalos rompiéndose 
las manos como en un torno tras la cintura de Eglé. 
Mas la dicha de haberse hallado de nuevo era dema- 
siado fuerte para desprenderse uno del otro, y así los 
leones tornaban a soltarse, poniendo en cada dedo de 
Rohán un haz vibrante de nervios enloquecidos. 

Eaa noche, en un instante de tregua, Rohán echó 
una ojeada alrededor: 

- — Sentémonos, ¿quieres? Estoy cansado... 

Rohán se sentó primero, y al sentarse Eglé la atrajo 
suavemente a sí. Eglé resistió oprimiendo su boca a la 
de él, y cayó en el banco a su lado. Rohán, el alma 
y la voz turbadas, insistió: 

— Sí, mi alma, sí . . . 

— No. . . no. . . — gimió ella. 

Los leones enmudecieron de golpe. Ella lo sintió, 
sin adivinar claramente la causa, y redobló sus besos 
con muda congoja. Pero él se levantó. 

— Es inútil ya — dijo con fría voz — . Estoy muerto. 

Eglé quedó helada. 

— i Qué tienes! — murmuró. 

— Nada . . . Varaos adentro . . . Me voy. 

Eglé se levantó muda y marchó a su lado. Después 
de caminar diez pasos lo detuvo de la mano, mirán- 
dolo consternada: 

— ¡No te vayas así!... 

— ¡Muy gracioso! — rompió él con la voz trémula 
por la violencia que se hacía — . Hoy no te parecía 
bien, . . Que te besara, sí, pero eso no. . . Sabías qut 



[67] 



HORACIO QUtROGA 



no debías hacer eso. . . Que te besara, sí, porque está 
permitido; pero eso no. Como gi fuera diferente... 
¿Te manchaba más que un beso que te sentara en las 
rodillas? 

Eglé lo miraba angustiada en los ojos. 
— ¡Dime! — reanudó él — . ¿Te creías deshonrada 
por eso? 
—No. . . 

— ¡Y entonces!... Lo que me da rabia es el 
cálculo . . . 
—¡Oh!... 

— ...¡Sí, el cálculo, el dogma de ustedes! Cuando 
después de una hora de cariño siento la necesidad de 
tenerte más cerca de mí, te acuerdas de que has apren- 
dido que las mujeres no deben permitir eso... ¡Y 
conmigo, como te quiero yo! 

— ¡No, te juro!.. . 

— Pero y si me quieres y crees que te quiero, ¿por 
qué no quisiste? Esto es lo que me indigna: ¡que te 
hayas resistido, no porque no lo desearas, sino porque 
habías aprendido que no debías hacer eso! 

Llegaban ya hacia la casa; pero se detuvo brus- 
camente. 

— Es imposible que me vaya así. . . Caminemos un 
rato. 

Caminaron apartados, mudos. De pronto Eglé mur- 
muró en voz baja y lenta: 

— Lo que te aseguro es que pocas novias harían lo 
que hago yo . . . 

Rohán no respondió en seguida, profundamente he- 
rido por el simulado candor de Eglé. 

— ¿Tú crees que los novios no besan a sus novias? 
— preguntó al fin con amargura. 



[68] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



— No me refiero a eso — repuso Eglé mirándolo 

con triste firmeza — . Digo que pocas novias sopor- 
tarían lo que me estás diciendo ! . . . 

Rohán se encogió de hombros. Seguía rabioso, con 
temor de hablar y decir algo de que después debiera 
arrepentirse. 

Hasta ese instante habían girado sin cesar alrededor 
de un macizo. Poco a poco la costumbre les hizo ex- 
tender el radio y llegaron así cerca del banco en que 
acababan de escollar. Rohán, que iba a la izquierda 
de ella, esquivó el banco, cortándole el paso hacia otro 
sendero. Eglé se detuvo a medias y buscó sus ojos, 
pero él no la miró. Entonces ella lo detuvo. 

— ¡Mira! — le dijo con súbita y angustiada deci- 
sión — Hace dos años yo tuve un novio... Y por 
la resistencia que hice es que todavía soy digna de ti. 

La primera impresión de Rohán fue desastrosa: 
nunca le había dicho ella que hubiera tenido novio. 
Pero casi en el mismo instante, midió la nobleza de 
la pobre criatura al hablarle así. 

— Muy bien ... Te agradezco mucho lo que acabas 
de decirme. Pero yo también te juro que si hubieras 
hecho lo que yo quería hoy, siempre serías para mí 
tan digna de mí y de ti misma como ahora — con- 
cluyó — . Y recogiéndola con tiernísimo respeto : 

— Bueno, mi amor, se acabó... 

Eglé se recostó a él, temblando en escalofríos que 
le recorrían todo el cuerpo. Un momento después 
Rohán sentía en el cuello una gota tibia. Profunda- 
mente enternecido: 

— No, mi alma. . . 

Ella entonces se oprimió más, conteniendo sus so- 
llozos. 



[fifi] 



HOKACIO QUERO G A 



— ¡Te quiero tanto! . . . 

— ¡Si yo también te quiero! Bueno, ae acabó.» . 

— ¡Estoy tan contenta de habértelo dicho! . . . 

Prosiguieron caminando cogidos de la cintura, en- 
tregándose en oprimidos besos el consuelo de su amor 
lastimado. Poco a poco, sin embargo, las caricias de 
Rohán disminuían, mientras su expresión cambiaba. 
Eglé lo notó, y deteniéndose ante él lo miró con honda 
súplica. Rohán, inmóvil, soportó fríamente el examen. 
Luego se desprendió, reanudando la marcha. 

— Lo más doloroso para mí - — rompió de pronto — f 
es que hayas necesitado acordarte del otro para de- 
fenderte de mí . . . 

— ¡Oh! — lo detuvo Eglé, apartándose. Rohán la 
atrajo en seguida. 

— No, no... No quise decir eso... No sé lo que 
me digo. . . ¡Perdóname! 

Eglé lo besó con honda pasión, repitiéndole de nue- 
vo, pero ahora con dolorosísima evidencia, como si se 
lo dijera a sí misma: 

— ¡Te quiero tanto!... 

Pero el tormento de Rohán proseguía. Volvía y re- 
volvía, mientras caminaban, lo que acababa de decir 
a Eglé. Apenas concluida su frase, había sentido él 
mismo su ofensa — . Pero por algo lo dije - — obstiná- 
base — . Al fin creyó ver claro. 

— Vuelvo, sin embargo, sobre lo que te he dicho 
— rompió de nuevo — . Me turbé hoy y no supe qué 
responderte.,. Dime, ¿por qué me dijiste hace un 
rato que habías tenido novio? 

Eglé, hundida en su quebranto, no pudo entrar en 
seguida en la argumentación de Rohán, y quedó inerte, 
mirándolo. Pero él, frío, insistió: 



[7i] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



— ¿Por qué me evocaste el recuerdo de la resisten- 
cia que debiste hacer antes, en pos de lo que quería 
hacer yo? 

Indudablemente estaba en lo cierto. Eglé, llena de 
angustia por la injusticia de Rohán, se había apoyado 
en su doloroso recuerdo para que su novio compren- 
diera el peligro que corría con él queriéndolo como 
lo quería, Eglé vio también que ése era — no obstante 
la dureza con que Rohán lo habia planteado — el 
único motivo de habérselo dicho. Durante un rato que- 
daron mirándose, mientras seguían mutuamente en sus 
ojos sus pensamientos hermanos. 

— ¡Dime! — la recogió bruscamente — . Dímelo con 
toda franqueza: ¿Me quieres mucho, mucho? 

— ¡Oh, no sabes cuánto! 

— ¿Me quieres a mí únicamente? 

Eglé apartó la cara, lo miró angustiada y volvió a 
recostarla sin decir una palabra, en el pecho de Rohán. 

— ¿Unicamente? — insistió Rohán. 

Ella entonces lo estrechó, vibrando de transida con- 
vicción. 

— ¡Sí! ¡Sí!... ¡No sabes, no sabes cuánto te 
quiero! . . . 

Esta vez, y por el resto de la noche, la paz no se 
interrumpió. 

XXI 

En el tren, Rohán volvió a evocar uno a uno los 
incidentes de esa noche. Sobre todas las cosas, sen- 
tíase satisfecho de Eglé. Veía siempre su expresión de 
sufrimiento y decisión final, a pesar de todo lo que 
él pudiera creer, cuando le dijo aquello, después que 
él la había querido sentar en las rodilla». . . 

[71] 

7 



HORACIO QtTIROGA 



Y de pronto, con la instantaneidad del rayo, vio <d 
otro > queriendo hacer lo mismo, en el mismo banco. . . 
¡He aquí por fin el verdadero motivo que la llevó a 
confiarse! ¡Esa coincidencia, ese mismo rugido mascu- 
lino que tornaba a repetirse en el mismo banco, había 
provocado el sufrimiento de Eglé! 

Como si lo hubieran empajado bruscamente por la 
espalda estando distraído, el corazón se le paró. Vio 
con una intensidad terrible a Eglé resistiendo, y al 
otro recogiéndola: "Sí, sí..." El cuadro se le fijaba 
casi hasta la alucinación. No veía nada del otro, nin- 
gún rasgo; pero sentía en él al hombre, al hombre 
ardido de deseo, asaltando. . . ¡A Eglé! . , . Sintió un 
odio brutal, odio tan impulsivo y a flor de animali- 
dad, que fijando sin querer la vista en un pasajero 
de negro que veía de espaldas, tuvo la plena seguridad 
de matarlo, si hubiera sido el otro... Pero no segu- 
ridad de fría convicción adquirida en casa tras com- 
plicado raciocinio, sino el impulso que sentía en ese 
instante mismo, en los ojos y en los dedos; una cer- 
teza convulsiva en las manos al encarnar al otro en 
el sujeto — Veía a Eglé, besándolo como lo besaba 
a él, mirándolo como lo miraba a él, la sonrisa con 
una sola comisura . . . 

Respiró violentamente porque sentía un ardiente 
empuje interno que le echaba la sangre afuera. Pero 
el banco volvía. . . volvía. . . No se veía ahora él sen- 
tado con Eglé: lo veía al otro. . . Y revivía todas sus 
situaciones de mayor cariño con su novia, pero ocu- 
pando la sombra maldita au lugar. Evocó sus más ín- 
timos recuerdos — de detalles nimios, a veces — que le 
probaban fundamentalmente el amor de Eglé. Y veía 
en las mismas situaciones al otro con ella, las mismas 



[72] 



HISTORIA DE UN AMOR TÜBBIO 



circunstancias en que Eglé le decía ex-ac-ta-men-te lo 
que le había dicho a él, a Rohán . , . 

Se daba cuenta de que se deslizaba por una pen- 
diente de locura; pero no podía ni quería tampoco 
dominarse. 

"Tuve que resistir" . . . El sabía qué quería decir 
esto; sabía lo que es atacar, la violencia arrolladora 
que hay en un novio, Y el otro había querido tentar 
a Eglé.,. jA ella, maldición! 

La misma desgraciada frase de Eglé lo exasperaba: 

"Tuve que hacer resistencia" Eso suponía besos 

otorgados por Eglé,.. Volvía a detenerse brusca* 
mente, con la sensación de estallar si continuaba evo* 
cando. La garganta, reseca, dolíale. Sentía él mismo 
el calor que irradiaba su cuerpo, y la cara le abra* 
saba. Cada cuadro sostenido suspendíale la respira- 
ción, hasta recobrarla violentamente al afrontar el 
límite de su tolerancia imaginativa. 

Por fin llegó a Constitución y tomó el tranvía, mo- 
mentáneamente aplacado; pero una vez inmóvil, el 
análisis recomenzó. Lo que dominaba en toda esa 
tortura era el odio al otro, el violento acceso de des- 
trozar al que nos tocó a nuestra mujer. Y más fría- 
mente, la seguridad adquirida en esos momentos de 
matar a su mujer el primer día que llegara a darle 
verdadero motivo de celos. 

Comenzaba a apaciguarse. Lo que me amarga — de- 
cíase — no es que haya tenido novio, y que éste haya 
tratado de hacer lo que todos nosotros; sino el no 
habérmelo dicho antes. ¿Qué pudiera haberle respon- 
dido, si al principio de nuestra amistad me dice sen- 
cillamente que había tenido novio? Pero casualmente, 
y tarde ya, se le ocurre confesármelo en la forma mái 
terrible y evocadora para un hombre... 



[73] 



HORACIO QUIROGA 



Súbitamente evocó el rostro de Eglé, desesperada 
de verlo tan injusto: — "Mira: yo tuve un novio; y 
por la resistencia que hice" . , . 

Rohán saboreó en toda su pureza la noble angustia 
de Eglé, al entregarle en esas palabras su modo entero 
de ser. 

Una caricia de frescura calmante recorrió sus ner- 
vios doloridos. Comprendió plenamente la cantidad 
de amor honrado y de fe en su inteligencia que supo- 
nía esa confesión, después de lo que él había querido 
hacer. Y una nueva caricia, esta vez de dicha recupe- 
rada, suavizó su alma — . Vale mucho más de lo que 
yo creía — se dijo. No sé qué muchacha, repleta de 
besos desviados e hipocresías de amor, hubiera sido 
capaz de esa sinceridad,.* 

Pero una sola palabra evocada lo precipitó de nuevo 
en el abismo. "Resistí"... ¡Sí, claro! Eso quería de- 
cir caricias insistentes del otro, cada vez más opri- 
midas. , ♦ 

La intensidad de la evocación fue tan incisiva, y tal 
el odio al otro retratado en su semblante, que un su- 
jeto en quien Rohán tenía la vi&ta fija sin darse 
cuenta de ello, lo miró de mal talante. 

Sintióse por fin calmado. De toda esa horrible 
noche no veía ni sentía sino el doloroso valor de su 
novia, que le aseguraba en aquel sollozo de sinceri- 
dad, la paz inconmovible del porvenir. Pero, a punto 
de dormirse, arrobado por esta dicha, vio de repente 
al otro, vestido de negro, en su lugar. Quiso arran- 
carse a la alucinación, y no pudo conseguirlo; al otro 
era a quien besaba Eglé. Al otro era a quien miraba 
con los ojos entornados... Y en sus tres horas de 
insomnio recidivaron — más agudas y quemantes—, 
todas sus torturas de esa noche. 



[74] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



XXII 

Cuando tres días más tarde Rohán fue a Lomas, 
mantuvo largo rato estrechada a Eglé sin pronunciar 
una palabra, como si en esos tres siglos de infierno 
hubiera perdido la noción de su existencia real. 

En esos tres días, lo único que lo había consolado 
era la seguridad de que estando con ella, sintiéndola 
suya, olvidaría todo. En ese instante era de él, toda 
de él, únicamente suya. Cuando de pronto, al sentir 
la mano de Eglé sobre su cabeza, vio nítidamente al 
otro en su lugar, en otra circunstancia idéntica a la 
actual. 

Se apartó bruscamente y comenzó a pasear. Sintió, 
más que vio, la desolación de su novia inmóvil, y vio 
de nuevo al otro, caminando una cierta vez como él 
caminaba ahora, y a Eglé, la misma Eglé que quería 
calmarlo como a él en ese instante. . , 

— ¡Pero qué tienes! — gimió Eglé. 

¡Exactamente eso había dicho al otro! 

— ¡Déjame! — clamó, arrancándose violentamen- 
te — . ¿No ves que me vuelvo loco? 

Y, efectivamente, temía volverse loco si esa atroz 
pesadilla continuaba. Todo: el salón, su dolor, el si- 
lencio agravado por el tenue silbido del gas, toda esa 
situación había sido ya vivida por el otro. . . 

Dejóse caer al lado de ella, los codos sobre las ro- 
dillas, y se cubrió la cara con las manos. 

Eso mismo había hecho el otro... Sintió el brazo 
de Eglé alrededor de su cuello. 

— ¡No, por favor! — clamó de nuevo levantándo- 
se — • ¡No me digas, no me hagas nada! 



[75] 



HORACIO QUIROGA 



Con un violento esfuerzo pudo detenerse en esa 
pendiente de locura, y fue por fin exhausto a hundir 
la cabeza en el pecho de su novia. 

— ¡Pero dime! ¡Drnie qué tienes! — gimió ella, 

— No me veo amí... — murmuró él. 

Eglé no oyó bien. 

-¿Qué?-.- 

— No me veo a tu lado; veo al otro, . . 

Ella lo estrechó con hondo amor y compasión. 

— Si me conocieras más — dijo — comprenderías 
qué distinto fue aquello de esto . , . ! del amor que te 
tengo a tí ! . , , Yo era muy chica . , . Papá se em- 
peñó, . • 

— ¡No, no me digas nada! No quiero saber una 
palabra. . . ¡Si no me importa que lo hayas querido! 
¡Lo que no quiero es que te haya tocado! 

Eglé, sin responderle, levantóle a la fuerza la ca- 
beza, y le tendió los brazos y la boca con un estreme- 
cimiento tal, que fue para Rohán lo que el primer 
soplo con olor a tierra mojada en una asfixiante de- 
presión de tempestad. Y ella: 

— ¡No te figuras, no te imaginas cuánto te 
quiero ! . . . 

Y él: 

— ¡Y tú no sabes qué necesidad tengo de que me 
quieras! 

En ningún otro momento Rohán habría lanzado esa 
exclamación. Pero ahora la sentía de tal modo, ha- 
bía surgido con tal atormentada sinceridad de su 
alma, que los ojos de Eglé se nublaron también de 
lágrimas. 

— ¡Y pensar — meditó él dolorosamente en voz 
alta — que he necesitado de todo este infierno para 
apreciar cuánto te quiero! . . . 



[76] 



HISTORIA DE UN AMOR TUBBIO 



XXIII 

Al día siguiente se levantó Rohán con el espíritu 
tranquilo. Cuando dijo a Eglé, la noche anterior, que 
había necesitado todo aquel infierno para darse cuenta 
de cuánto la quería, no había hecho sino expresar ese 
sentimiento en la misma forma con que él se lo había 
dicho a sí mismo. Sus torturas habíanse caracterizado, 
como es natural, por súbitos saltos de odio a amor, y 
viceversa; y esto con la rapidez y la falta de transi- 
ción que conocen bien las personas que han visitado, 
por dos segundos siquiera, el infierno de los celos. 
Había comprobado, a expensas de sus torturas, que 
amaba a Eglé mucho más de lo que él se imaginaba. 
— ¡Y no haberme dado cuenta antes de cuánto la 
quiero! \Yo que le decía que fuera tranquilamente a 
bailar! . . . 

En resumen, como tras una pesadilla que rememo- 
ramos después en todos sus detalles para apreciar más 
la dicha real, gozaba retropensando. Recordó enton- 
ces aquella ocasión en que al preguntar por curiosi- 
dad a su novia si alguna vez había querido, Eglé 
había respondido: "Una vez creí,., Pero ahora que 
te quiero a ti, veo que me equivocaba" . . . 

Rohán quedó frío. Era el otro, sin duda.,. ¿Por 
qué Eglé no le había dicho entonces que había tenido 
novio? 

El veneno había entrado ya. Evocó en un segundo 
todas sus certidumbres de la honradez de su novia 
compradas tras días de mai tirio, y ni una siquiera 
resistió a esta pregunta: — ¿Por qué me ocultó que 
había tenido novio? La primera forma: — ¿Por qué 
no me dijo, — hubiera pasado sin morderlo; pero 



[77] 



HORACIO QUraOGA 



por que me ocultó, sobraba para aguzar hasta la raíz 
los colmillos de sus celos. 

Recomenzó el ciclo de dudas, comprendiendo que 
por mucho tiempo no recuperaría su confianza en 
Eglé, él que no había soñado siquiera en averiguar 
qué había hecho ella durante sus ocho años de au- 
sencia, por creerla incapaz de engañarlo. Y, sin em- 
bargo, le había ocultado... ¿Pero por qué, por qué 
motivo lo había ocultado? 

Con esa terrible esencia de los celos de arrastrar- 
nos a las probabilidades mínimas, a los raciocinios 
de excepción, por los cuales una mirada distraída de 
nuestra mujer a un individuo que está en el palco 
vecino, basta para hacernos dudar brutalmente de diez 
años de amor y cuatro hijos, Rohán encontraba ahora 
en los menores detalles de su amistad en la casa, una 
prueba de la constante preocupación de Eglé y de 
toda la familia para que él no supiera aquello. Pero 
¿P or q u é? ¿Qué había pasado allí para ocultárselo 
de ese modo? ... 

Su inteligencia le advertía muy claro que no era ése 
el modo de raciocinar; pero su amor hiperestesiado y 
pervertido por los celos, le pedía a gritos raciocinios 
de esa especie. Su claro juicio le afirmaba: — Eglé no 
me lo dijo al principio, únicamente por motivos de se- 
ducción en las luchas de amor: no haber querido 
nunca es un encanto más. Más tarde no tuvo valor 
para decírmelo, temiendo el disgusto que me daría. 
¿Cómo exigir más violencia de sinceridad de un alma 
femenina? 

Pero la perversión deductiva desviaba a tal punto 
las menores palabras sueltas y silencios recordados, 
que se enfangaba en las más abominables suposicio- 



[78] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



nes donde rodaban Eglé, Mercedes, la madre, hasta 
detenerse con un resoplido en ese vértigo de lodo. 

En sus momento» de mayor odio a Eglé, había creí- 
do hallar un derivativo evocando a su hermana. El 
recuerdo de Mercedes, que en otras ocasiones lo ex- 
citaba siempre, disgustábale ahora. Mejor dicho, le 
daba asco. Lo cual no hacía sino reafirmarlo en la 
convicción de que amaba a Eglé muchísimo más de 
lo que él suponía* 

Fue a Lomas en este estado de ánimo. 

Como en esos días últimos, su novia lo miró con 
dolorosa atención al ir a su encuentro. Al ver sus 
ojos no tuvo duda de que otra noche de angustia la 
esperaba, Rohán, contraído, le puso por toda caricia 
la mano en el cuello. 

— Necesito hablar contigo. Quedémonos aquí. . . 
Dime: ¿Por qué no-me-di-jis-te que habías tenido 
novio? 

Eglé, helada: 

— Ya te dije la otra noche 

— No me dijiste nada. 

— Sí... Quise siempre decírtelo, desde la primera 
noche; pero no tuve valor... 

— Perfectamente. Pero ¿por qué no-te-ní-as-valor? 

Acentuó tanto la atormentada duda, que Eglé irguió 
la cabeza y lo miró desesperada de tanta insistente 
tortura. Echó el brazo atrás buscando el banco y se 
dejó caer con la cara entre las manos. 

— Sin embargo, eso no es respuesta — insistió él — . 
Dime esto, nada más: ¿Por-qué-no-tu-vis-te-valor para 
decírmelo? 

— ¡No, por favor!... — gimió Eglé, volviéndose 
al otro lado. Pero Rohán tenía tras él tres días de 
emponzoñada amargura, y cada noble evasiva de Eglé 



[79 J 



HORACIO QUIROGA 



era unt nueva inyección de veneno en la herida em- 
ponzoñada, 

— ¡Eso no e» responder! ¡No es!. . . ¡Qué diablos! 
¡Cuando uno compra una cosa, tiene el derecho de 
saber si ha sido usada o no! 

— ¡Oh! — exclamó Eglé — , echándose de brazos 
sobre el respaldo del banco. Bruscamente Rohán se 
dio cuenta de bu brutalidad, y comenzó a pasearse 
henchido de rabia. "La he herido horriblemente . . . 
— se decía — . Si ha sido usada. ..''Y al percibir níti- 
damente que era a ella, su Eglé pura y adorada, a 
quien concluía de insultar así, la violenta reacción lo 
echó a los pies de su novia. 

— Eglé, . Mi alma. . . Perdón. . . Perdóname. . . 

Al atraerla sintió en sus manos los senos de Eglé, y 
este contacto acrecentó en ese instante la pureza de 
su ternura. 

— Mi vida... perdón... Mi Eglé.,. 

Eglé cedió al fin, aunque manteniendo los ojos ce- 
rrados. Temblaba en un escalofrío constante. Rohán 
levantóle a la fuerza la frente, y la besó con apasio- 
nada, honda y grave pasión, Eglé contenía los sollo- 
zos a duras penas y Rohán sentía sus mejillas moja- 
das. Y el pensamiento de que esas lágrimas eran pro- 
vocadas por él — un miserable — ceñíale la garganta 
en un nudo de enloquecedora piedad. Tanto dijo e 
hizo, que al fin Eglé sonrió. 

— ¡Que no vuelva esto! . . . 

— ¡No, jamás! Hacerte sufrir así... — Y adorán- 
dose a través de sus ojos húmedos, concluyeron en 
una rendida dicha de cabezas recostadas. Pero, a pe- 
sar de ello, Eglé había sufrido demasiado para no 
quedar agotada por el resto de la noche. 



L 80 ] 



I 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



XXIV 

Ese día Rohán salió a las cuatro del Ministerio. 
Sonreía solo al suponer la dicha de Eglé viéndolo lle- 
gar así, todo amor y sana paz, ella que vivía pen- 
sando angustiada en los ojos que tendría Rohán al 
llegar, pues ellos le daban en seguida la norma de su 
estado. En efecto, halló la inquietud prevista; y aún 
más, notó cambiada a Eglé: la boca sin gracia, el 
labio superior amarillento, y las pestañas de sus ojos 
azules agrupadas desigualmente. 

— ¡Mi amor!... ¿Has estado llorando? 

Eglé, con una débil y fatigada sonrisa, se recostó 
a él 

— No. . . Esta tarde. , ♦ No sé lo que tenía. . . ¡Te- 
nía tanto miedo de que llegaras mal! ¡Pero nunca, 

nunca más, ¿verdad? 

— ¡No, nunca nunca! ¡Ya se acabó todo! 

— Hace un momento pensaba: Jamás podremos ser 
felices..* Hoy va a llegar como el otro día, peor 
aún — se estrechó a él — .Y si vieras lo que sufro 
después, cuando te vas... ¡Pero nunca más, ¿no? 
No podría vivir así . . . 

— Sí, y seremos felices, ¡muy felices! 

Subieron luego al salón y Eglé tocó el piano, bajo 
cuya influencia Rohán sabía bien que sus esperanzas 
reconquistadas lo llevarían a un definitivo porvenir 
de profunda felicidad conyugal. Después de comer 
bajaron de nuevo al jardín. Las horas pasaban, repi- 
tiéndose las mismas cosas que para su dicha tenían 
siempre inesperada novedad. 

Desde el incidente del banco, los leones de Rohán 
no habían rugido. Temía excesivamente hallar en el 



[81] 



HORACIO QUIROGA 



jardín el lejano eco de antes, y la cicatrización de 
sus heridas era demasiado reciente para reabrirlas 
con el bramido rival. Pero esa noche, después de cinco 
hora» de novia, sus leones rompieron la cadena al fin. 
Con violento esfuerzo consiguió, sin embargo, retirar 
la boca, los brazos, pero haciendo dar a Eglé del 
hombro — en desahogo de crispado cariño — una 
violenta vuelta sobre sí misma. Atrájola acto continuo, 
y al hacerlo creyó notar en los ojos de Eglé un velo 
de tristeza, como ante una pasada situación d olorosa 
de que no queremos acordarnos. 

Súbitamente Rohán sintió al otro en la mirada de 
Eglé. ¡También él había hecho eso mismo! Quedó 
inmóvil, pero ya Eglé había notado sus ojos cam- 
biados y le echaba los brazos al cuello. Rohán la 
contuvo. 

— ¿Sabes lo que es curioso? — exclamó — . Esto: 
que la menor caricia mía tiene el hermoso don 1 de 
hacerte acordar del otro! 

— ¡Oh, no! ¡Te juro que no! — le echó Eglé los 
brazos consternada. 

— ¡Como sea! ¡Es de lo más encantador para un 
novio! 

Ella tendió las manos a él. 

— ¡No! — la detuvo Rohán, sujetándole las mu- 
ñecas — . ¡Basta por hoy! 

Todo el tormento infamante había retornado, y 
comprendió que le sería imposible quedarse un mo- 
mento más. 

— Me voy. . . — se volvió a ella — . ¿Quieres traer- 
me el sombrero? Diles que pierdo el tren. 

Caminaron hacia la verja, sin hablar, y Eglé le 
devolvía muerta su rápido beso. 



[32] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



XXV 

Apenas a la tarde siguiente se calmó Rohán. Pero 
entonces dióse cuenta clara de su proceder. Cada no- 
che de visita había sido un repetido tormento para 
Eglé; y lo que era más espantoso, siempre, siempre 
tomando por blanco de bajas dudas la honradez de 
su novia, arrastrándola por la fuerza a que palpara 
con él todo lo que es posible pensar de una noria 
cuando se tiene celos, . . 

Llegaba la reacción. La maldita pesadilla de ver 
constantemente a Eglé con el otro en situaciones idén- 
ticas a las suyas, iba ya perdiendo su ciega íacultad 
de tormento, en fuerza de analizar un millón de veces 
su esencia. La noche anterior había tornado, es ver- 
dad; pero ahora que se hallaba bien, sentía imposible 
una recaída. Dominábale sobre todo un gran deseo 
de hacerse perdonar por Eglé. 

De pronto acordóse, como de una cosa muy lejana, 
de sus sondajes y pozos artesianos. ¡Pobres mis me* 
chas! — murmuró sonriendo — . Y pensó en los bellos 
trabajos que haría un día — ella a su lado — , pero 
no a la manera de antes, cuando la conocía única- 
mente en la sala, sino ahora que había adquirido, tras 
ruda prueba, la seguridad de su modo de ser. 

Retiróse muy temprano del Ministerio y voló a 
Constitución, tomando el tren de las tres y cuarenta 
y cuatro. Como era temprano y Eglé no lo esperaba 
aún, bajó en Bánfield y prosiguió a Lomas a pie, des- 
pacio y feliz. Y al evocar a Eglé, acercándose a él 
— la mirada angustiada de temor como siempre — , 
su certeza de paz final liquidóse en extrema ternura. 



[83] 



HORACIO QUntOGrA 



Eglé concluía de vestirse cuando llegó y tuvo que 
esperar cinco largos minutos, tal vez un poco desilu- 
sionado por no haberla visto salir a su encuentro. Por 
fin entró su novia, y Rohán, que iba hacia ella, 9e 
detuvo inmóvil ante su semblante. 

— ¿Qué tienes? — le preguntó. 

— Nada — repuso Eglé. Su voz era clara, pero no 
tenía entonación alguna. 

Rohán la miró fijamente y tuvo la intuición deso- 
lada de que todo había concluido. Se sentó a pesar 
de todo; pero como la joven no se movía, Rohán se 
puso otra vez de pie. 

— ¿Qué tienes? — volvió él a murmurar. 

— Nada — repitió Eglé. 

Rohán dio entonces dos pasos y se detuvo a su 
frente : 

— ¿Quieres que rompamos? . . . 
Ella no respondió. 

— Podías habérmelo dicho antes — murmuró Rohán, 
yendo a coger su sombrero. 

— Mira — le dijo Eglé, con la voz rota de em- 
bargo — : Yo creo que no podremos ser felices así. . . 
Mejor es que dejemos..,, 

— Como quieras... Pero te juro — agregó dete- 
niéndose — que te he querido como tú no te ima- 
ginas. . . 

Te he querido . . . Luego la ruptura estaba hecha 
ya. Eglé se dejó caer sobre el taburete, muerta. 

— No... Mejor es concluir... 

Rohán salió, sin ver a la madre ni a Mercedes, dis- 
cretamente disimuladas. Miró las plantas conocidísi- 
mas, la manga abandonada sobre el césped, el banco 
en que ella había estado sentada sola ocho días antes. 
Se acabó... Se acabó... ¡Ya nunca más! ¡Nunca 



[84] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



más Eglé lo miraría como antes! ¡Nunca más diría: 
mi Eglé!.., ¡Ya nunca, nunca más tendría el don 
de verla sufrir por un solo gesto suyo!.., ¡Y hoy, 
cómo la quería! ¡Hoy, que estaba dispuesto a ado- 
rarla para siempre, haberla perdido! 

¡Te he perdido, mi alma, Eglé mía! — murmu- 
raba, llorándose a sí mismo con la voz. Imaginó a 
Eglé, echándose de brazos en el piano apenas él le 
fuera, desolada en sus tres meses de esperanzas con- 
cluidas con la ida de Rohán. Jamás volvería ella tam- 
poco a oírlo : — ¡Mi Eglé, mi vida ! . , . 

Tuvo un desesperado impulso de regresar. ¡Sí, Eglé 
lo quería a pesar de todo! Y cuanto más lo compren- 
día, más comparaba la felicidad que pudo haber te- 
nido con su desolación actual. Llegó a detenerse en 
una esquina, titubeando. Pero ae contuvo y siguió 
hacia la estación, 

— Mi destino de siempre... — murmuró amarga- 
mente — . Darme cuenta del valor de lo que tengo 
cuando ya lo he perdido. 

Subió en el tren que llegaba, dueño otra vez de sí. 
Nunca más volvería. Al partir el convoy miró por 
última vez los arriates, las araucarias, la verja, como 
miramos al emprender un largo viaje las casas en que 
jamás nos fijamos, pero que sabemos están en ade- 
lante ligadas para siempre al recuerdo del lugar donde 
amamos y sufrimos por largos años. 



• « • 

Rohán se restregó los ojos — la vista un poco irri- 
tada — , y miró el paisaje. Salían de Victoria y dentro 
de un momento llegaría a San Fernando. Había evo- 
cado sus recuerdos con tal intensidad que se sentía aún 



[85] 



HORACIO QUIROGA 



oprimido. ¡Cinco años transcurridos! ... — le dijo — . 
Creería que han pasado cíen,. 

Iba a verla. Se dio también cuenta de que no había 
pensado una sola vez en ir a ver a Eglé Elizalde, o 
simplemente a Eglé, sino a verla. Efecto de costumbre 
— pensó — . Pero a despecho de esa costumbre, sin- 
tió en el estómago esa característica angustia que pro- 
voca la emoción de la espera. Dio su nombre a la 
sirvienta; pero como ésta no pareciera haber desci- 
frado poco ni mucho su apellido, el visitante se en- 
cogió ligeramente de hombros y extendió su tarjeta. 
Una puerta se abrió en el vestíbulo. 

— ¿Quién es? — preguntó impaciente una voz. 

Mercedes. . . — se dijo Rohán — . Quisiera ver el 
gesto que hace. . . 

Un momento después se le hacía pasar a la sala. 

La sala estaba fría y desierta y olía a fresco barniz 
de muebles. Bien puesta, pero con una limpieza y 
orden excesivos, como sala costosa de gente no rica 
que la mantiene cerrada para que no se deteriore. A 
excepción de una vitrina y dos o tres pinturas de 
Mercedes, todo lo demás era nuevo para Rohán. Al 
cabo de un cuarto de hora la puerta se abrió y Mer- 
cedes avanzó, ostensiblemente incierta sobre la recep- 
ción que debía hacer a su ex-amigo. Pero al ver la 
sonrisa de Rohán, Mercedes le extendió muy franca 
sua dos manos. 

— ¡Qué gusto nos da!... ¡Cuánto tiempo! 

— Sí, mucho... He querido venir varias veces, y 
siempre una cosa u otra... Suponía — como supon- 
go aún — , que mi visita no.,, 

— ¡Qué ocurrencia! . „ . ¿Por qué? ¿Nunca más nos 
hemos visto, verdad? — preguntó. 

— Nunca. Es decir, ayer la* vi a usted y a Eglé. 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



— ¿Sí?... No lo vimos... 

La puerta tornó a abrirse y entró la madre. Apenas 
vio Rolián su aire lento y grave, comprendió que la 
señora esperaba ante todo que la condoliera por la 
pérdida irreparable que había sufrido... Así lo hizo 
Rohán, y la dama suspiró. 

— ¡En fin!. , . ¡Pero qué grata sorpresa, Rohán! 

— He tenido muchísimo gusto . . . Acabo de decir a 
Mercedes que temía . . . 

— ¡Oh! ¡Cállese, por favor! Usted no tenía que 
temer nada. Bien sabe el cariño con que lo hemos re- 
cibido siempre en casa. . . Siempre nos extrañába- 
mos... con Ehzalde — sus ojos se apartaron un mo- 
mento — de que usted, por su disgusto con Eglé, no 
hubiera vuelto más a vernos. 

— Yo también, le juro... Pero poco después me 
fui al campo, y al principio estaba aún algo sensible. 

La madre lo miró sonriendo y sacudiendo la cabeza. 

— ¡Qué muchachos!... — Y agregó seria: 

— Supimos no sé por quién, que su papá había 
muerto . . . 

— Sí, señora; hace ya casi cinco años. 

— ¿Y usted vive allá? Eso sabíamos. 

Y agregó con sencilla curiosidad: 

— ¿Quedaron ustedes en buena posición? 

— Sí, soy hijo único.., ¿No tendría el gusto de 
ver a Eglé? 

— ¡Oh, no faltaba más, Rohán! ¡Mercedes! Anda a 
ver qué hace tu hermana. — Y volviendo la cabeza 
a medias a Rohán, añadió: 

— Dile que está bien como está . . . ¡ Que no se arre- 
gle tanto! 

Rohán sonrió también al recuerdo, y un momento 
después entraba Eglé. Contra lo que esperaba, sólo 
sintió al mirarla gran curiosidad. Había gastado toda 

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8 



HORACIO QUIROGA 



la emoción que pudiera haber sentido, reviviéndola 
una hora antes. Eglé lo saludó con perfecta naturali- 
dad. Dijéronse: — ¿Cómo 'le va? — a un tiempo, y se 
sentaron, mirándose con franca sonrisa. 

— Está igual — rompió Eglé después de un instante 
de curiosa atención — . No ha cambiado nada. 

Eglé tampoco había cambiado; pero sus cinco años 
más se conocían claro en la acentuación de los rasgos, 
y sobre todo en su tranquilo dominio para mirar. 

— ¿Hacía mucho que no lo veías? — se volvió la 
madre a Eglé. 

— Sí, mucho. — Volvieron a mirarse sonriendo — . 
Rohán continuó: 

— No sabía que vivieran en San Fernando . . . 

— Sí, hace ocho meses... Poco después de morir 
papá. 

Durante media hora la conversación prosiguió muy 
cordial. 

— ¡Mercedes! . . . ¿Una taza de café, Rohán? — re- 
cordó la madre — . ¿Y su estómago? — se rió. 

— Bien, no siento nada ya . . . Sí, café. 

Mercedes tornó a salir y al rato la madre se levantó. 

— ¿Me permite, Rohán? Desconfío mucho de la 
habilidad de mi hija... 

Rohán y Eglé quedaron solos. Rohán rompió, muy 
cordial: 

— ¿Quién nos hubiera dicho, verdad? Volver a ver- 
nos a los cinco años . . . 
Eglé se sonrió. 

— ¡Cierto!... Yo creía que nunca más nos vería- 
mos. . „ 

Pero es peligroso jugar con los pretéritos. 

Yo creía. Eso era antes, cuando iba a Lomas... 
Otra vez se hallaba ante ella, su Eglé. . . El posesivo 
le evocó de nuevo la tarde final en que salió desespe- 



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HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



rado de la quinta, amargándose la boca con ese mismo 
su Eglé, que ya nunca más podía decir. Recordó tan 
vivamente su dolor de entonces, que la tranquilidad 
actual le echó del pecho en un suspiro de desahogo 
afectuoso: 

— ¡Cuánto la he querido! 

Eglé lo miró de costado, devolviéndole su sonrisa. 

— i No fue usted solo, me parece!. 

Apartó la vista y Rohán la observó rápida y aten- 
tamente. Era ella, sin duda; la misma boca, el mismo 
firme seno, las mismas cejas que se levantaban de 
cariñosa extrañeza. Pero la mirada... La mirada era 
otra; no cambiada en esencia, pero sí revelando cla- 
ramente en su aplomo que los cinco años de expe- 
riencia no habían pasado impunemente. 

Sabe muchas más cosas que antes. . . — pensó 
Rohán — . Pero ella: 

— ¿Usted se fue en seguida al campo, no? 

— Sí. Poco después, cuando salí del Ministerio... 
— Y un súbito recuerdo le hizo exclamar jovial- 
mente : 

— ¿Se acuerda de los pozos artesianos? 
Eglé se rió. 

— Me acuerdo. Esta mañana, por casualidad, me 
acordé también de una cosa. 
—¿Qué? 

— Cuando yo era chica, lo que usted me dijo en la 
calle una vez. 

— Sí, ya habíamos empezado ... — murmuró él — . 
Hace trece años. . . 

Pero el café llegaba, y poco después Rohán quedaba 
solo con la madre. 

— ¿Cómo la halla a Eglé? 

— Igual... No ha cambiado nada. 



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HORACIO QUIROGA 



La señora parecía ahora abismada. 

— Usted no se figura cuánto lo ha querido Eglé 
— agregó triste y gravemente, 

— Lo mismo le dije a su hija cuando le parecí de- 
masiado difícil — pensó Rohán. Pero la señora in- 
sistía: 

— Creo que nunca más volverá Eglé a querer a 
nadie como lo quiso a usted. . , 

— ¡No fui yo quien rompió, sin embargo! — ex- 
clamó Rohán. La madre sacudió la cabeza con cari- 
ñosa lástima, 

— ¡Hablar así a gu edad, Rohán!... ¡Eran cosas 
de Eglé! ¿Qué juicio quiere usted que tenga una chica 
a los diecisiete años? 

Esperó respuesta, en vano. 

— Dígame, Rohán. . . Si en vez de pasar eso antes, 
hubiera pasado ahora, ¡serían ustedes muy felices, se 
lo aseguro! 

— Lo creo — sonrió Rohán con amargura — . Pero 
han pasado cinco años. 

Por tercera vez la madre alzó a él sus ojos de com- 
pasiva y protectora experiencia. 

— ¡Qué muchachos! . . . 

— ¿Estas iniciales? — preguntó Rohán, que aca- 
baba de notar cuatro letras: A. M. y E. E. grabadas 
en un caracol de montaña con el que jugaba distraído. 

— Son de Eglé, de Córdoba — repuso la madre con 
negligente sonrisa — . Es un recuerdo ... No sé cómo 
está aquí . ♦ . Tuvo amores con él ; pero estoy segura 
de que nunca lo quiso . . . 

Lo que la madre no recordaba en su insinuante filo- 
sofía, había costado a Rohán muchas alucinaciones de 
jardines y bancos para olvidarse de que no era él ese 
primer amor. 



rao] 



HISTORIA DE UN AMOR TURBIO 



Las dos hermanas salían ya, y Rohán se despidió. 

— Lo que es esta vez — le dijo la madre con solem- 
ne cariño, tomándole las dos manos — , ¡júreme venir 
a vernos a menudo! Usted no sabe cuántas veces nos 
hemos acordado de usted! ¿Lo promete?... ¿Conoce 
bien el camino? ¡Eglé! Acompáñalo hasta la es- 
quina. . . 

Rohán prometió volver. Pero estaba seguro de lo 
contrario. Llegó a tiempo a la estación y subió en el 
tren, con mortal frío en el alma. No cabía duda; su 
fortuna atraía ahora inmensamente a la madre, y Eglé 
tenía ya veintidós años y no quería quedar soltera . . . 
Recordó a su Eglé de ante?, tan joven, y su sinceridad 
esencial sacudida por el amor, que hubiera hecho de 
ella una admirable mujer. Ahora era tarde, Por su 
parte él tenía treinta y tres años, y se hallaba com- 
pletamente tranquilo de espíritu, trabajando en paz. 

Destemplado por el atardecer hundióse en su rin- 
cón, y evocó las dos horas pasadas, página íinal de 
una historia cuya amargura no quería por nada vol- 
ver a vivir. Mientras miraba por la ventanilla, en el 
crepúsculo frío, las flores heladas de cardo que se des- 
menuzaban volando al paso del tren, recordó la vieja 
balada: 

"Cuando la tierra se enfermó, el cielo se puso gris 
y los bosques se pudrieron por la lluvia, el hombre 
muerto volvió, una tarde de otoño, a ver de nuevo lo 
que había amado," 

No, no . . . Había comprado muy cara su felicidad 
actual para desear perderla. 

Arrellanóse bien en el asiento y suspiró de satis- 
facción, pensando que dos días después estaría tran- 
quilo en la estancia. 

FIN 



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